7.2.13

La muerte de Spinetta


Ensayo sobre el fin del “teatro alternativo”.

                                                                                                                                  Dedicado a Ricardo Bartis

Se murió Spinetta. Aún me duele saberlo. Cuando me enteré, sentí que se iba del mundo una  prueba viva de lo que puede ser, en esta época, un vínculo con el arte tranquilo y radical. Sabía que esa dimensión de la cuestión era algo que corría por mi cuenta, pero no me pareció un sentimiento tan exclusivamente personal. Es posible, incluso, que ese haya sido el aspecto de su fallecimiento que sumó al lamento a muchos otros que nunca fueron especialmente spinetteanos.  De hecho, el día que se anunció su muerte, me pareció ver en el Facebook  un indicio claro de ese extraño consenso. Siguiendo el conmovido desfile de frases que acordaban en la dimensión excepcional de la pérdida, una característica común comenzó a resultarme llamativa. Las  frases se relevaban, entregándose, como un pergamino, dos palabras que sostenían su presencia: “artista” y “creador”; y si bien puede resultar esperable que estos términos se reiteraran y tengan una presencia predominante, había algo en su uso que me impresionó más que la cantidad: colocadas junto a “Spinetta”, “artista” y “creador” parecían escritas buscando que asumieran una sentido mayor. Ambas palabras, junto a ese nombre,  alcanzaban un grado más alto que el que suele darle  la medida de nuestro hábito. Distinguir a Spinetta nos permitía  un redimensionamiento del significado de esos términos. La llamativamente numerosa y exclusiva compañía que tuvieron junto a su nombre, parecía responder a la oportunidad de limpiar esas palabras de la banalización cotidiana con la que las empleamos,  y ejercerlas con la cualidad jerarquizante y excluyente que  sabemos pueden tener. Sirva como ejemplo de la exacerbación  de esta curiosa necesidad, aquellos que dudaron  de la posibilidad de sortear esta banalización, y las antecedieron con un dramático y elocuente “verdadero”: “verdadero creador”, “verdadero artista”. Refiriendo a la muerte de Spinetta parecíamos decir algo sobre el mundo en el que Spinetta moría; algo que, indirectamente, me sonaba como una denuncia sobre nuestra actualidad, como una puntada de dolor en un acostumbrado malestar. ¿A quienes les estamos diciendo que en realidad no son “creadores” y “artistas”? ¿Nos lo decimos a nosotros mismos? ¿A todos? ¿Por qué? ¿Qué necesidad encolumna y motoriza las frases de esta red bajo este sentido discriminativo y reivindicatorio?  

Todo esto lo pensaba teniendo en la cabeza el mundo que constituye mi Facebook: el teatro “alternativo”, “independiente” u “off” de Buenos Aires y otras ciudades grandes de nuestro país.  Cuando allí percibo esta  necesidad tan generalizada de señalar a un “artista” o “creador” de manera  inequívoca e indirectamente crítica de lo que parece ser la medida que maneja nuestro hábito, creo escuchar un tono subjetivo que me resuena personalmente. Pienso entonces, en los colegas que tenemos entre 40 y 65 años, participamos del teatro de los 80 y/o 90, coprodujimos un discurso en el que las prácticas y las palabras tuvieron una relación afirmativa y consustanciada, y hoy vemos como nuestros valores artísticos de partida  no se componen fácilmente con la dinámica que debemos habitar. El medio en el que emergimos ha cambiado cualitativamente, y el actual parece rechazar ciertas condiciones de lo “artístico” y “creador” con las que hace un tiempo habíamos modificado muy profundamente el hacer y pensar del teatro de Buenos Aires. Hoy parecería imperativo, tener que aceptar una actualización, que implica el abandono de esas condiciones esenciales por estar muy a contrapelo de la actual dinámica mercantil. Recordemos, mínimamente, que el sentido del hacer del antiguo “teatro alternativo” era  la “creación de lenguaje”; que en función de ello el tiempo de ensayo era todo el que el proceso de creación necesite; que eso demandaba  una relación con el tiempo y el dinero que no profesionalice y ponga condiciones y presiones externas al ensayo y al imaginario escénico; que la cualidad distintiva con la que se comenzó a conocer el “teatro argentino”,  era el actor como productor preeminente del sentido de la experiencia escénica. Desde el “teatro alternativo” eran claras las imposibilidades que el teatro “comercial” y “oficial” tenían para encarar de manera artística y creadora un proyecto. Pero ese era el tiempo del “campo teatral”, de las diferencias claras en el sentido de las prácticas, sus procedimientos, su historia y su apuesta. Ahora estamos en tiempos de “mercado teatral”, dinámica áspera si las hubo, que sin ser nombrado ni asumido en sus obstáculos creativos, presiona, induce y dicta el proceder de cualquier práctica teatral “alternativa”, “oficial” o “comercial” licuando sus diferencias.  Porque en el sentido mercantil, una obra es, antes que nada, la vidriera donde cada uno trata de mostrar algo consumible para entrar o mantenerse en la existencia mediática.  La consecuencia escénica para el “teatro alternativo” es que la “creación de lenguaje” es  reemplazada por la misma dinámica escénica que constituye cualquier obra del mercado: ideas escénicas o textos  que engloban y habilitan participaciones efectistas que buscan desesperadamente pegar en el mercado. El sentido mercantil antes que económico es “mediático”, por eso lo “alternativo”, lo “oficial” y lo “comercial” hoy comparten una misma lógica práctica y eficacia. El problema más profundo no es la guita, es la publicidad. Es que en vez de juntarse para inventar un juego conjunto y propio, el mercado nos junta para exponer el impacto con el que cada uno busca que lo aprueben, seleccionen, premien, subsidien, inviten, produzcan, etc. El casting reina como dinámica y sentido de todas las experiencias ¿Está mal querer tener réditos mediáticos y económicos? Para nada. Pero si ese es el sentido del hacer,  las consecuencias  prácticas son claras y concretas. No tratemos de pensar que haciendo “publicidad” somos “artistas” o “creadores”. ¿Está mal que un actor o director haga cosas comerciales? Para nada, lo lamentable es perder el espacio,  el tiempo y los vínculos con los que poder hacer obras en condiciones creativas. Y eso no se pierde por “comercializarse” para ganar guita, eso se pierde por “mercantilizarse” en todo gesto escénico,  por hacer obras sin guita cuya apuesta principal también es lograr existencia mediática, por hacer obras que son publicidades, por dejar de percibir la diferencia, a veces muy sutil, entre trabajo y creación. El “teatro alternativo” actual, como cualquier teatro,  está preponderantemente constituido por obras en lógica mercantil aunque haya gente menos conocida  reunida en cooperativa. Allí empieza el colapso subjetivo de querer seguir atribuyendo a la práctica “alternativa” ciertas palabras y valores que ya no dan cuenta de lo que en verdad se está haciendo. Por eso el mercado lo llama “off” y sus habitantes “independiente”; porque su diferencia ya no es cualitativa en términos prácticos, es solo cuantitativa en grado de celebridad y dinero. Las obras que actualmente logran ser creaciones o al menos se ve que lo intentaron, son aquellas que han evitado la dinámica mercantil incluso en sus rasgos de procedimiento “alternativo”. Son creaciones teatrales a secas que convirtieron en artistas a sus participantes. Tienen la misma posibilidad que cualquier obra de ser un éxito o un fracaso, pero ya tiene el beneficio del sentido que genera la experiencia del proceso de intentar crear. Eso no se ofrece en el mercado.

En estas transformadas circunstancias, Spinetta, que ya había vivido las mutaciones de un mundo en el que muchos de nosotros no vivimos, y luego también las que si nos tocó vivir, resulta  un extraño ejemplo de otro mérito post mortem que se mencionó y ponderó mucho en el Facebook: su “coherencia”. Evidentemente nuestra lista de “artistas” y “creadores” teatrales desbarrancados es silenciosa pero numerosa y cruel. Parece haber caído una bomba que dejó todo en pie pero hizo polvo  las subjetividades.  Perplejos de tal fenómeno y un poco lastimados, valoramos la “coherencia” como el sostenimiento heroico de algo que todos pierden. Y lo que hizo Spinetta fue mantener fuera del ensayo las presiones y condicionamientos del mercado que le hubieran impedido disfrutar de una práctica artística rigurosa, ambiciosa, fraterna y festiva.
Obviamente un proceso así no es fácil. Pero tampoco es fácil, y además es triste, que si alguna vez  afirmamos algo, ya no podamos hacerlo ni como minima condición de nuestro hacer actual. Me parece imprescindible poder pensar esto para no caer en la triste subjetividad del nostálgico, el renegado, el fundamentalista, el atontado, el cínico y otras figuras a las que lleva la negación. No pensar, también genera trabajo, y quizás no estemos pudiendo reconocer el malestar que implica tener que reducir nuestro pensamiento para poder habitar  un medio en el que parece convenir una relación reducida y difusa en el vínculo de nuestras prácticas actuales con las condiciones de creación, la historia escénica reciente y las palabras.  Quizás por eso, la posibilidad de ser “coherentes”, de enrostrarle a un  mundo relativista y regalero la  altura que “creador” y “artista” podían tomar junto al nombre de Spinetta, fue una oportunidad que no pudimos ni quisimos desperdiciar. Porque no vivimos una época en la que estas afirmaciones puedan manifestarse fácilmente ni que, incluso, desde cierto punto de vista, convenga tener. El mercado es feroz. Se puede percibir la incomodidad en el rostro de nuestro interlocutor al hacerlo partícipe de un pensamiento que señale algún tipo de ineficacia o falla en la obra de alguien o en cierto tipo de modalidad práctica. El mercado nos hace temerosos de que podamos decir o hacer algo que nos cierre posibilidades laborales. El mercado nos pone relativistas, cínicos, demagógicos, nos propone ser más copados y abiertos que pensantes. El mercado nos hace cómplices de la pérdida de la capacidad de cambiar, de abandonar eficacias  probadas. El mercado nos hace negarlo como presión fundamental de nuestro hacer mientras nos quema. El “queme” mercantil es el que permite decir y escuchar sin inmutarnos “yo trabajo en lo comercial y lo alternativo de la misma manera”, “el buen teatro está en cualquier parte”, “el teatro actual es una multiplicidad de singularidades”.
Pero cuando el “queme” no es absoluto, el malestar hace de la dolorosa muerte de Spinetta la oportunidad de mostrar viva la capacidad de discriminar y distinguir una jerarquía práctica y subjetiva que excede a las que habitualmente nos anestesian la exigencia de nuestra percepción y nuestro juicio artístico. Algo sigue atento, al menos, a la captura de experiencias ajenas que mantengan viva la fe.  Porque sabemos que la creación es milagrosa. Sabemos que muy esporádicamente vemos obras que nos renuevan la percepción y nos muestran hasta que punto veníamos viendo noche a noche, una misma obra verborrágica, veloz, efectista, e inverosímil.

En la postergación cotidiana de las condiciones de ensayo artísticas que hace un tiempo hicieron a la cualidad práctica “alternativa”, la muerte de Spinetta nos permitió ejercer  la capacidad maltrecha pero viva, de reconocer en alguien  una posición práctica creadora. Quizás la vida de Spinetta ya tenía más sentido para todos por esto, que por su última etapa musical que ya pocos escuchaban.  Su muerte quizás sea entonces la oportunidad de dejar de sentirnos artistas solo por vernos capaces de valorar a uno, y salir de esta locura de presiones, sin historia hacia atrás ni procesos hacia adelante. El “teatro alternativo” agotó su lenguaje pero dejó condiciones a partir de las cuales seguir pensando y haciendo; están allí para todos los que queramos seguir en la cocina del mundo pero afuera del horno  

Larga vida al flaco y al teatro alternativo en la de cada uno.




                                                                                       
Enero de 2013, Santa Ana, Uruguay