28.3.14

San Gines de Roma.



1.


Bienaventurados los que sabemos que se trata fundamentalmente de estar allí.
Qué poderosa energía nos da quererlo.
Pero qué difícil es.
Cómo nos apuramos.
Y como nos apuran, Dios mío.
Qué absurdo no tener ni el tiempo para hacer de alguien apurado.

San Ginés de Roma - Actor mártir - s.III



2.


Soy pecador Señor.
Tendrías que ver el talento y la devoción con la que día tras día actúo que el que dirige me dirige.
Luego, en el momento de actuar, no siento ni la mitad de la vida que me diste.

San Ginés de Roma - Actor mártir - s.III



3.


Ay! Que mi actuación sea la obra.
Dios, dame esa oportunidad.
Sospecho que en mi cuerpo está
el coraje,
el disfrute
y la Gracia para compartir y festejar.

San Ginés de Roma - Actor mártir - s.III



4.


Dios, soy pecador: robo.
Siempre que puedo, robo.
Y siempre estoy atento para robar.

¿Pero qué otra cosa podría hacer?
¿Respetar una ley imprecisa que cuando rige dice “no”, “menos”y “rápido”?
Si lo cierto es que ellos me quieren porque robo.
Me quieren porque he renunciado a mi poder en favor del suyo, pero
no al punto de querer dejar existir,
¡entonces robo!,
¡y eso les resulta más animado
que lo que son capaces  de pedirme por miedo, ineptitud, desinterés o ignorancia!
Además, perdona Dios mío que no pueda callar esto:
¡siempre voy a robar menos que ellos!
Acaso no ves noche a noche que lo me dan para decir y hacer está lleno de
pretenciosidades, ocurrencias, provocaciones, ideas, complicidades, citas y demás especies de
¡robos! 
¡Todos robamos aquí, Dios mío!
¡Todos!
¡Nadie lo va a confesar porque no hay donde comenzar a hacerlo de otra manera!
¡Yo mismo no sé qué haré con esto que te estoy diciendo!
¡El cinismo ha triunfado desapercibido y convertido en la manera de reunirnos!
¡Si me quieres castigar, no tienes más que dejarme en esta taberna de piratas!
¡Yo dejaré de robar el día que la escena no sea el lugar del asalto, y me propongan alguna manera
clara, compartida, exigente y generosa
de mostrar la valía de mis dotes!

San Ginés de Roma - Actor Mártir - s.III



5.




Dios, no consigo paz.
La obra que hago es un éxito, pero
no lo disfruto.
Su preparación  fue un sobrevuelo veloz con el que logramos llegar sin ver.
Cómplices de la desesperación, nos avalamos cualquier intento, y, eufóricos, aturdimos la voz del recuerdo de una manera hermosa en la que alguna vez hicimos las cosas.
Pero esto es así o no es.
Lo hacemos por otras razones.
Y sólo es posible bajando el vuelo hasta el temor a estrellarse.
¡Pero ahora todos parecemos creer en este éxito!
Como si fuese el premio al sufrimiento que realmente tenemos, pero del que olvidamos  sus  inconfesables motivos;
como si un poder seductor nos invitara a pensar que nuestra capacidad creadora es una esencia que se sobrepone a  la mezquindad con la que honramos  nuestro hacer.
Yo, en esta soledad que espero sea la que hace al secreto que todos tenemos y no compartimos,
creo que es el castigo:
estamos más tontos que nunca.

San Ginés de Roma - Actor mártir - s.III
 

Artista

Al principio, es un buen actor si cuando lo mirás ves que en esa obra hay alguien. Después, es un gran actor, si soporta la presión o, mejor dicho, disfruta del poder de que lo vayan a ver a él. Llega a ser un artista, si además, allí, el gran actor, ante los ojos de todos, desaparece.
A desaparecer, camaradas.

24.3.14

Che, n° 2

Che, en general el teatro se hace el canchero. Por inseguro; por desencontrado. El canchero intelectual, el canchero literario, transgresor, político, experimental, culto, artístico, loco, cool, independiente, multidisciplinario, multimedia, real, alternativo, inteligente, polémico, actual, artesanal, argentino, joven y cualquier otro argumento del que pueda agarrarse. Y le va bien, consigue adeptos, detractores y minas. Entonces el teatro cree que puede ser eso; y así es capaz de vivir por muchos años, fundamentalmente solo, y crispando sus recursos en un campeonato inconfesable.
Pero muy, muy, ocasionalmente, cuando el teatro no tiene que ganar ni perder , cuando sus ensayos son reuniones, cuando no tiene apuro, cuando no se debe a nada, cuando se anima a llamar con su cuerpo, a ofrecer allí sus velados encantos: el canchero abandona la publicidad, saca sus ideas de adelante, pone los actores al frente, se entrega y nos posee.
¡Viva el trágicamente escaso, esporádico, milagroso y verdadero teatro de los actores!
¡Gloria al cuerpo de Urdapilleta, el cuerpo de la fiesta de actuar, de la explicitación del deseo, y del sentido pleno de estar allí en cualquiera de los dos lados!