24.4.14

Desafío



Durante gran parte siglo XX la crítica cinematográfica fue una tarea del propio artista. De ello dependía el proceso de autonomía de su cine. Los que hacían solo "crítica de arte" eran  intelectuales que descubrían que su pensamiento y nuestro arte eran una posibilidad de llegar a zonas inexploradas y consistentes. Luego algo comenzó a cambiar. La crítica se fue alejando de aquello que el hacer de una película le hacía al hacer del cine, y comenzó a centrarse en el crítico, a mostrar lo que las obras le hacían pensar a esa persona. Eso no hubiera sido nada en sí mismo muy grave, si esa manera de pensar no hubiera comenzado a orientar también a los artistas quienes  dejaron de pensar desde su arte y comenzaron a hacerlo desde su cabeza. Una especie de arte conceptual nace entonces con artistas cuya obra es la materialización de alguna idea. Una obra comenzó a ser una idea expuesta desde alguna materialidad que busca ser un soporte curioso, original, osado, impactante, etc. En realidad, una publicidad que se vende a sí misma con toda la pretendida mística del arte. Esta es la mutación que produjo el mercado en lo más intimo de los artistas. El “mercado del arte” es la lógica del hacer de artistas cuyas obras, como cualquier producto del mercado, nacen desde miedo a no ser consumido y apuestan a alguna ida que lo logre.
Este artista/critico, que ya está esencialmente desanclado del desafío del hacer de su tiempo por estar consagrado a las ideas originales de su mente, niega el poder del mercado como verdadera musa de su arte, y ya no es crítico ni artista: es productor.
Porque la producción es parte de esta mutación. Habiendo comenzado como una área que aportaba a la consistencia de la materialización y exposición de una obra, pasa a ser la que directamente genera la obra como apuesta de eficacia mercantil. Si bien este mundo exige que todos desarrollemos nuestro aspecto de productor para vivir él, es con la hipertrofia de este rol que la industria tomar el interior del hacer artístico. Con la producción al mando, el cine se pone cobarde, porque parte del miedo a la desestimación mercantil, y lo que propone y decide, sólo intenta  garantizarse el favor o el escándalo del público.
Desaparece así del hacer mismo, la fuente que genera y brinda el sentido de la experiencia. Nada más ni nada menos.
Nos pasa entonces  a algunos, que cuando vamos al cine no podemos  dejar de ver, habiendo mucho o poco presupuesto, las decisiones de producción que impiden la experiencia artística que  la pantalla le podría proponer al mundo sobre el que se monta. Le vemos la publicidad. En la elección del actor, en el tono de la película, en el recurso narrativo, en el tema, en la cámara, en la música, en todo.
Este contexto histórico hace  que el cine actual y el arte en general, tenga, como condición fundamental de quién aspire a intentar una creación artística, un desafío en el fundamento mismo de su propia consistencia: que el hacer genere en y para sus hacedores un mundo con sentido propio.  Crear en este momento es generar un mundo con otro tipo de vinculaciones y eficacias.   

Como en los principios del arte cinematográfico, cuando la "autonomía" dependía del pensar críticamente del propio artista, hoy, este hermoso poder, vuelve a ser sinónimo de creación; ya no respecto del diletantismo y la academia,  sino del abandono de las adictivas condiciones mercantiles de producción. 

El desafío es otro, la radicalidad que pide el disfrute de la libertad, el mismo.

Peter Sagliatti  (1925- 1990)
Diector de cine y teatro independiente norteamericano.

21.4.14

Che, n° 3

Che, el teatro podrá ser de muchas maneras, podrá ser incluso sin actores ni cuerpos perceptibles. De lo que quizás no pueda prescindir, si quiere afirmar la esencia de su especificidad y potencia, es que en ese lugar y momento en el que la gente está reunida, haya otro ser humano ahí presente, que con cada uno de sus actos, esté decidiendo cabalmente el proceso de la experiencia que conduce y comparte. Prescindiendo de esto, el teatro podrá ser de muchas maneras pero en todas se reducirá a una mera escenificación de la decisiones que donan u ordenan los actos de una potencia trascendente. La esencia del teatro sería entonces algo anterior a la discusión sobre la necesaria o prescindible tarea de un actor, la suficiente presencia de un cuerpo visible o ejecutor, o el estatuto de la palabra. La materialidad con la que interviene allí el gesto humano, del que procede la experiencia que se nos propone, puede ser la que sea; pero la potencia de su acontecimiento fundamental se juega y manifiesta en el carácter decisivo del acto de quien habita lo escénico. Así entendido, el teatro puede tener un parentesco más directo y profundo con un dijey o un surfista, que con lo que más comúnmente se llama teatro.