10.8.13

Diario de actor 2



Uno llega a los ensayos con el cuerpo y la voz que la vida le fue permitiendo tener. Con la imagen que, hasta el momento, el proceso de experiencias familiares, sociales, amorosas, laborales, sexuales, médicas, evolutivas, etc.  nos hizo ver y darnos.
Ya ensayando, nos puede pasar, como me ocurre, que  la mirada de la dirección vea en nuestro cuerpo otra imagen posible que, lejos de ser un matiz, proponga un replanteo dinámico y subjetivo. Es una mirada desafectada de los condicionamientos con los que nos configuramos, que  encuentra allí, donde siempre miramos, otra posibilidad de imagen que le propone a nuestro cuerpo ser a la vez más nuestro y del personaje.

Como una buena nueva, como la adivinación de algo inconfesable, como la confirmación de una hipótesis subversiva e indemostrable, la imagen propuesta parecería tener ya más derecho de ser, que la nuestra tal como la venimos llevando. Percibimos, ya sintiendo una convulsión  general inevitable, que allí puede haber una mayor comodidad, el fin de una resistencia y un pudor, el comienzo de una actuación más honesta.
Ya no hay retorno: ese personaje y el director comienzan a pedirle a ese cuerpo que funcione como si hubiera tenido experiencias que no tuvo,  que se viva de otra manera. "Más hombre", "más grave", "más panzón", "más simple", " más violento", “más lento”. Demandas de potencia a la latencia desenmascarada.

El ensayo se convirtió en el tiempo y espacio concreto que se dispone en la vida de esta persona/ actor para tener esa experiencia faltante, resistida, contenida, desconocida,  secretamente deseada, o vaya uno a saber, que lo va a modificar al punto de que el propio cuerpo ya no volverá a ser llevado de la misma manera. Una experiencia por la que sufre la distancia inexpugnable entre el entender y ser, la angustiosa intemperie de ya estar afuera de lo que cuestionamos  y peleando para entrar donde nos prometimos llegar; pero que luego, con la llegada de un repentino placer desconocido,  nos hará tener más ganas estar con el cuerpo en el ensayo que en la vida. Allí se estarán habilitando permisos en la manera de sentirse que no son los que hicieron que la vida sea como fue  hasta allí. Comenzamos  entonces a  probar, parcial y secretamente en la vida misma, las modificaciones de un cuerpo que prepara su nueva imagen de si para lo que será el estreno. Estrenará un actor que se ha convertido en otro para hacer de otro.
No se me ocurre nada mejor para pedirle a esta actividad.

4.8.13

Futuros Creadores



Discurso de Theodor Solovióv (1881 – 1941) en la Conferencia de Directores de Teatro de la URSS un año antes de ser asesinado por el régimen Stalinista



Camaradas:
                   Los últimos brotes de autonomía escénica crecen ya sin fuerza. Podemos aceptarlo sin dramatismo    ante la evidencia de una cosecha cuyos frutos sólo nos logran evocar aquel  sabor nuevo y sorprendente que hace ya al menos diez años supimos disfrutar.

Hemos sido afortunados. Si quisiéramos encontrar otro momento en la historia del arte teatral en el que esta, ojalá, cíclica planta haya brotado, deberemos remontarnos sin exageraciones hasta el Renacimiento. De él nos ha quedado un compendio maravilloso de técnicas actorales que se llamaría luego “Comedia del Arte”, y algunos fragmentos en dibujos y anotaciones que pueden  darnos una visión muy hipotética de lo que puede haber sido la anterior aparición  de este extraordinario y fugaz ejemplar en la cultura occidental. Porque la  naturaleza misma de los momentos  autónomamente teatrales deja rastros escritos escasos y muy ajustados al pie de la necesidad de los que lo están realizando. Pero me entusiasma saber que, en este sentido, los futuros creadores tendrán otra suerte: esta vez, la autonomía nos exigió a los Directores  y a la vanguardia en general, tanto como el mismo Lenin se exigió a si mismo, y escribir fue ineludible para los que quisiéramos pensar y comprometernos en la profundización de nuestra práctica. Esto nos hizo ser los más feroces y exigentes críticos de nosotros mismos, y, sin proponérnoslo, aunque mi aporte en particular no es estimable, hemos legado al próximo e incierto momento de creación autónoma, el más profundo dialogo con el hacer teatral de nuestro tiempo y de la Historia.

Esos futuros creadores lo leerán con la severidad que se merece, sancionarán lo agotado, y afirmaran lo  aun activo para apuntalar la, para nosotros,  desconocida fuerza del brote venidero. Seguramente, como lo profetiza nuestro camarada Meyerhold, esos “futuros creadores” serán actores. Este vaticinio, si bien es desacreditado por los antiguos parásitos de la letra y el misticismo, es  lógico y hermoso. Solo los actores, empuñando sus cuerpos por sí mismos, podrán llegar más allá de la lógica que, en pos de la autonomía de la creación escénica, los directores hemos forjado con la exterioridad de nuestras mentes. Si en nuestro teatro el cuerpo ha sido todo lo libre que nuestra razón le ha hecho posible, serán los cuerpos de los actores los que inventarán el sentido de sus actos en el revolucionario momento mismo de hacerlos. Nuestros grandes y amados cómicos son, quizás, una anticipación meteórica de este universo que  quizás alguna vez pueda emerger  en vaya a saber qué año y latitud. Lo que si sabemos y humildemente advertimos, porque lo estamos comenzado a presenciar, es que ese potencial reverdecer de la autonomía escénica, deberá reconocerse y crecer entre la mata más tupida, agreste y resistente de literaturas dramáticas, negocios, y críticas sin anclaje practico, que habrán crecido en vicio y ahogado el territorio teatral de aquel incierto pero anhelable y precario momento.
Quizás a esos actores y a sus directores, como en un mensaje para los protagonistas de ese difícil y victorioso futuro, les esté dirigiendo este discurso. Quisiera transmitir a ellos el  enorme honor y suerte que conlleva el ser tomado por otro momento en el que la invernante  historia del teatro vuelve nuevamente a moverse. Ellos tendrán que ver en el goce de su poder, la fuerza para, como nosotros, evitar la  literatura, los ardides del negocio, el eclecticismo, e incluso nuestro gran invento y límite: la Forma.  Deberán sostener con valentía la convicción de que la literatura y las ideas aparecen allí donde los cuerpos necesitan justificar la reunión que no logran  generar por ellos mismos. Deberán animarse a encontrar allí, en la escena, en un nivel de autonomía hoy desconocida, la lógica especifica que invente, reúna  y potencie la particularidad de sus cuerpos. Deberán asumir que allí, en sus precarios y poderosos cuerpos, está todo lo que necesita el teatro.

¡Brindo en este otoño glorioso por ustedes: los futuros actores y directores de lo que será la primavera de un teatro aún más escénico y libre!

¡Brindo por nosotros, camaradas, que ya sintiendo la proximidad de la helada, preferimos aceptar la hibernación al engaño, disponiéndonos a esperar, en más tiempo que el de nuestras propias vidas, el retorno de la autonomía!

¡Salud!
                                                                                                                                                                                                                          Moscú, junio de 1940