15.1.17

San Ginés de Roma

Señor, anhelo todo tus santos días,
que la próxima obra me depare un personaje que diga muchas palabras.
Que esas palabras sean una proporción importante de las que serán dichas y,
si tu gracia alguna vez lo quiere,
ser el actor que más de ellas tenga.

Pero luego, Señor, con mi cuerpo inmerso en la escena,
siento un llamado que me distrae de esa codicia,
cierra mi boca y
me lleva a la pausa.
La evitada,
la temida,
la sirena muda.
La grieta por la que se filtra el profundo Mar del Silencio. 
Por allí cruzamos, 
temerosos marineros, 
transportando palabras más importantes que nosotros mismos. 
Las traemos 
desde su cantera inagotable y foránea hasta la costa expectante de nuestro público.
Allí 

hablamos, 
hablamos y
hablamos para apenas lograr una vida más tosca que la que tú nos diste. 
Una vida de seres aislados con la verba hipertrofiada, las orejas secas y los ojos en blanco, 
que solo logran vivir cerca de lo que puede ser dicho.
 

Dios mío, y si mi actuación es una criatura de ese mar temido?
Confieso que es en las pausas, 

en los breves lapsos de silencio con los que toco sus aguas, 
que siento la amorosa comunión que propone nuestro arte.
Hay algo que me dice el silencio que las palabras quieren callar. 

Algo que me dice mi arte en un idioma hecho con el aire que comparto con mis colegas y el público:
 

"Quédate aquí,
no te vayas apurado, 

no te agarres de nada, 
estas donde están tus pies, donde tus ojos miran, en los sonidos que nadie hace".
"Quédate aquí para poder 

pensar, sentir, ver lo que miras, hablar al que te escucha y escuchar al que te habla; 
no dejes que el teatro te saque de la vida". 

Pero, ¿como aceptar esto? 

¡Cómo actuar en consecuencia si lo que propone es prácticamente otro arte! 
¡Probablemente el verdadero! 

¡Dios, libérame de esta ambición cotidiana de palabras!
¡Dame la fuerza para arrojarme de este barco que huye aturdido,

e ir con mi actuación hacia el llamado del encuentro!

San Ginés de Roma - Actor mártir - s. III