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21.5.20

La actuación es un vínculo

 
 
Actuar es un vinculo. Pero como en la vida,  son excepcionales los  que habilitan un profundidad transformadora. Esos son los que queremos para  nuestra relaciones amorosas. La actuación, puede  tener vínculos con esa misma dimensión. 

Pero esta no parece una opción posible  en una época en la que la única referencia del ejercicio de nuestro arte es la que ofrece el mercado laboral.  Eso explica que una obra hecha  por actores desconocidos con una recaudación modesta,  maneje los mismos procedimientos, modos de exposición, presiones y expectativas que la obra más mediática  y comercial. Las condiciones  que principalmente nos reúnen y organizan, con o sin fama y dinero,  son las de producción y eficacia. Esto hace que nos resulte admisible actuar sin priorizar la profundidad del contacto vincular. La exacerbación de la palabra y el lucimiento de ideas, delatan un vínculo generado desde el aislamiento de la eficacia personal y el miedo al aburrimiento propio de  la industria del entretenimiento.
 
El arte de actuar no es una moral que condena el uso profesional de la actuación, sino una práctica que necesita pensar cómo evitar los obstáculos propios de su época. El mercado laboral nos enloquece a todos haciéndonos  creer que es la única, exclusiva y razonable posibilidad del ejercicio de nuestra actuación.  Sabiendo esto, luego nos queda pensar de qué manera nos brindamos una vinculación en la que nuestro cuerpo pueda vivir  una experiencia que no sufra la presión del éxito.

En su mas profunda dimensión vincular, actuar es ayudar a actuar. Ayudar a actuar es expandir al cuerpo que el otro tiene atrapado en su eficacia. Lo ayudamos dejando que nuestro cuerpo genere la actuación  que lo convoca. Ambos nos damos permiso habilitando el permiso del otro. El director allí es la mirada que habilita a que esa honestidad transformadora se haga ficción.  Esto en la vida se llama amor; la actuación puede tener  esa misma dimensión.
 
La intimidad que hace posible todo esto es la que abrimos al público. La abrimos porque compartiendo con nuestra comunidad el juego que libera nuestro cuerpo, festejamos la alegría de vivir. Los actores podemos ser anfitriones del disfrute de la libertad.




21.4.14

Che, n° 3

Che, el teatro podrá ser de muchas maneras, podrá ser incluso sin actores ni cuerpos perceptibles. De lo que quizás no pueda prescindir, si quiere afirmar la esencia de su especificidad y potencia, es que en ese lugar y momento en el que la gente está reunida, haya otro ser humano ahí presente, que con cada uno de sus actos, esté decidiendo cabalmente el proceso de la experiencia que conduce y comparte. Prescindiendo de esto, el teatro podrá ser de muchas maneras pero en todas se reducirá a una mera escenificación de la decisiones que donan u ordenan los actos de una potencia trascendente. La esencia del teatro sería entonces algo anterior a la discusión sobre la necesaria o prescindible tarea de un actor, la suficiente presencia de un cuerpo visible o ejecutor, o el estatuto de la palabra. La materialidad con la que interviene allí el gesto humano, del que procede la experiencia que se nos propone, puede ser la que sea; pero la potencia de su acontecimiento fundamental se juega y manifiesta en el carácter decisivo del acto de quien habita lo escénico. Así entendido, el teatro puede tener un parentesco más directo y profundo con un dijey o un surfista, que con lo que más comúnmente se llama teatro.

7.2.13

La muerte de Spinetta


Ensayo sobre el fin del “teatro alternativo”.

                                                                                                                                  Dedicado a Ricardo Bartis

Se murió Spinetta. Aún me duele saberlo. Cuando me enteré, sentí que se iba del mundo una  prueba viva de lo que puede ser, en esta época, un vínculo con el arte tranquilo y radical. Sabía que esa dimensión de la cuestión era algo que corría por mi cuenta, pero no me pareció un sentimiento tan exclusivamente personal. Es posible, incluso, que ese haya sido el aspecto de su fallecimiento que sumó al lamento a muchos otros que nunca fueron especialmente spinetteanos.  De hecho, el día que se anunció su muerte, me pareció ver en el Facebook  un indicio claro de ese extraño consenso. Siguiendo el conmovido desfile de frases que acordaban en la dimensión excepcional de la pérdida, una característica común comenzó a resultarme llamativa. Las  frases se relevaban, entregándose, como un pergamino, dos palabras que sostenían su presencia: “artista” y “creador”; y si bien puede resultar esperable que estos términos se reiteraran y tengan una presencia predominante, había algo en su uso que me impresionó más que la cantidad: colocadas junto a “Spinetta”, “artista” y “creador” parecían escritas buscando que asumieran una sentido mayor. Ambas palabras, junto a ese nombre,  alcanzaban un grado más alto que el que suele darle  la medida de nuestro hábito. Distinguir a Spinetta nos permitía  un redimensionamiento del significado de esos términos. La llamativamente numerosa y exclusiva compañía que tuvieron junto a su nombre, parecía responder a la oportunidad de limpiar esas palabras de la banalización cotidiana con la que las empleamos,  y ejercerlas con la cualidad jerarquizante y excluyente que  sabemos pueden tener. Sirva como ejemplo de la exacerbación  de esta curiosa necesidad, aquellos que dudaron  de la posibilidad de sortear esta banalización, y las antecedieron con un dramático y elocuente “verdadero”: “verdadero creador”, “verdadero artista”. Refiriendo a la muerte de Spinetta parecíamos decir algo sobre el mundo en el que Spinetta moría; algo que, indirectamente, me sonaba como una denuncia sobre nuestra actualidad, como una puntada de dolor en un acostumbrado malestar. ¿A quienes les estamos diciendo que en realidad no son “creadores” y “artistas”? ¿Nos lo decimos a nosotros mismos? ¿A todos? ¿Por qué? ¿Qué necesidad encolumna y motoriza las frases de esta red bajo este sentido discriminativo y reivindicatorio?  

Todo esto lo pensaba teniendo en la cabeza el mundo que constituye mi Facebook: el teatro “alternativo”, “independiente” u “off” de Buenos Aires y otras ciudades grandes de nuestro país.  Cuando allí percibo esta  necesidad tan generalizada de señalar a un “artista” o “creador” de manera  inequívoca e indirectamente crítica de lo que parece ser la medida que maneja nuestro hábito, creo escuchar un tono subjetivo que me resuena personalmente. Pienso entonces, en los colegas que tenemos entre 40 y 65 años, participamos del teatro de los 80 y/o 90, coprodujimos un discurso en el que las prácticas y las palabras tuvieron una relación afirmativa y consustanciada, y hoy vemos como nuestros valores artísticos de partida  no se componen fácilmente con la dinámica que debemos habitar. El medio en el que emergimos ha cambiado cualitativamente, y el actual parece rechazar ciertas condiciones de lo “artístico” y “creador” con las que hace un tiempo habíamos modificado muy profundamente el hacer y pensar del teatro de Buenos Aires. Hoy parecería imperativo, tener que aceptar una actualización, que implica el abandono de esas condiciones esenciales por estar muy a contrapelo de la actual dinámica mercantil. 

Recordemos, mínimamente, que:
  • El sentido del hacer del antiguo “teatro alternativo” era  la “creación de lenguaje”. Según esto, el valor de una obra estaba en la recomposición de lo escénico a lo que se aventuraba.
  • El tiempo de ensayo era todo el que el proceso de creación necesite. Eso demandaba  una relación con el tiempo y el dinero que no profesionalice y ponga condiciones y presiones externas al ensayo y al propio imaginario escénico.
  • La cualidad distintiva con la que se dió a conocer y distinguir al “teatro argentino”, tenía actor como productor preeminente del sentido de la experiencia escénica. 
  • Desde el “teatro alternativo” eran claras las imposibilidades que el teatro “comercial” y “oficial” tenían para encarar de manera artística y creadora un proceso de creación. 
Todo esto se planteaba desde una época en la que aún regía el “campo teatral”. En él las diferencias  prácticas eran claras en sus procedimientos, su historia y su apuesta. Ahora estamos en tiempos de “mercado teatral”, dinámica áspera si las hubo, que sin ser nombrado ni asumido en sus obstáculos creativos, presiona, induce y dicta el proceder de cualquier práctica teatral “alternativa”, “oficial” o “comercial” licuando sus diferencias. Porque en el sentido mercantil, una obra es, antes que nada, la vidriera donde cada uno trata de mostrar algo consumible para entrar o mantenerse en la existencia mediática.  

 
La consecuencia escénica para el “teatro alternativo” es que la “creación de lenguaje” es  reemplazada por la misma dinámica escénica que constituye cualquier obra del mercado: ideas escénicas o textos  que engloban y habilitan participaciones efectistas que buscan desesperadamente pegar en el mercado. El sentido mercantil antes que económico es “mediático”, por eso lo “alternativo”, lo “oficial” y lo “comercial” hoy comparten una misma lógica práctica y eficacia: el impacto. La "creación de lenguaje" debe abandonarse porque encontar una lógica de composición escénica es inviable en la medida que hay que avalar el eclectisismo escénico que genera la búsqueda de impacto en todos los rubros escénicos.

El problema más profundo no es la guita, es la publicidad. Es que en vez de juntarse para inventar un juego conjunto y propio, el mercado nos junta para exponer el impacto con el que cada uno busca que lo aprueben, seleccionen, premien, subsidien, inviten, produzcan, etc. El casting reina como dinámica y sentido de todas las experiencias 

¿Está mal querer tener réditos mediáticos y económicos? Para nada. Pero si ese es el sentido del hacer,  las consecuencias  prácticas son claras y concretas. No tratemos de pensar que haciendo “publicidad” somos “artistas” o “creadores”. ¿Está mal que un actor o director haga cosas comerciales? Para nada, lo lamentable es perder el espacio,  el tiempo y los vínculos con los que poder hacer obras en condiciones creativas. Y eso no se pierde por “comercializarse” para ganar guita, eso se pierde por “mercantilizarse” en todo gesto escénico,  por hacer obras sin guita cuya apuesta principal también es lograr existencia mediática, por hacer obras que son publicidades, por dejar de percibir la diferencia, a veces muy sutil, entre trabajo y creación. 

El “teatro alternativo” actual, como cualquier teatro,  está preponderantemente constituido por obras en lógica mercantil aunque haya gente menos conocida  reunida en cooperativa. Allí empieza el colapso subjetivo de querer seguir atribuyendo a la práctica “alternativa” ciertas palabras y valores que ya no dan cuenta de lo que en verdad se está haciendo. Por eso el mercado lo llama “off” y sus habitantes “independiente”; porque su diferencia ya no es cualitativa en términos prácticos, es solo cuantitativa en grado de celebridad y dinero. Las obras que actualmente logran ser creaciones o al menos se ve que lo intentaron, son aquellas que han evitado la dinámica mercantil incluso en sus rasgos de procedimiento “alternativo”. Son creaciones teatrales a secas que convirtieron en artistas a sus participantes. Tienen la misma posibilidad que cualquier obra de ser un éxito o un fracaso, pero ya tiene el beneficio del sentido que genera la experiencia del proceso de intentar crear. Eso no se ofrece en el mercado.

En estas transformadas circunstancias, Spinetta, que ya había vivido las mutaciones de un mundo en el que muchos de nosotros no vivimos, y luego también las que si nos tocó vivir, resulta  un extraño ejemplo de otro mérito post mortem que se mencionó y ponderó mucho en el Facebook: su “coherencia”. Evidentemente nuestra lista de “artistas” y “creadores” teatrales desbarrancados es silenciosa pero numerosa y cruel. Parece haber caído una bomba que dejó todo en pie pero hizo polvo  las subjetividades.  Perplejos de tal fenómeno y un poco lastimados, valoramos la “coherencia” como el sostenimiento heroico de algo que todos pierden. Y lo que hizo Spinetta fue mantener fuera del ensayo las presiones y condicionamientos del mercado que le hubieran impedido disfrutar de una práctica artística rigurosa, ambiciosa, fraterna y festiva. 

Me parece imprescindible poder pensar esto para no caer en la triste subjetividad del nostálgico, el renegado, el fundamentalista, el atontado, el cínico y otras figuras a las que lleva la negación. No pensar, también genera trabajo, y quizás no estemos pudiendo reconocer el malestar que implica tener que reducir nuestro pensamiento para poder habitar  un medio en el que parece convenir una relación reducida y difusa en el vínculo de nuestras prácticas actuales con las condiciones de creación, la historia escénica reciente y las palabras.  Quizás por eso, la posibilidad de ser “coherentes”, de enrostrarle a un  mundo relativista y regalero la  altura que “creador” y “artista” podían tomar junto al nombre de Spinetta, fue una oportunidad que no pudimos ni quisimos desperdiciar. Porque no vivimos una época en la que estas afirmaciones puedan manifestarse fácilmente ni que, incluso, desde cierto punto de vista, convenga tener. El mercado es feroz. Se puede percibir la incomodidad en el rostro de nuestro interlocutor al hacerlo partícipe de un pensamiento que señale algún tipo de ineficacia o falla en la obra de alguien o en cierto tipo de modalidad práctica. El mercado nos hace temerosos de que podamos decir o hacer algo que nos cierre posibilidades laborales. El mercado nos pone relativistas, cínicos, demagógicos, nos propone ser más copados y abiertos que pensantes. El mercado nos hace cómplices de la pérdida de la capacidad de cambiar, de abandonar eficacias  probadas. El mercado nos hace negarlo como presión fundamental de nuestro hacer mientras nos quema. El “queme” mercantil es el que permite decir y escuchar sin inmutarnos “yo trabajo en lo comercial y lo alternativo de la misma manera”, “el buen teatro está en cualquier parte”, “el teatro actual es una multiplicidad de singularidades”. 

Pero cuando el “queme” no es absoluto, el malestar hace de la dolorosa muerte de Spinetta la oportunidad de mostrar viva la capacidad de discriminar y distinguir una jerarquía práctica y subjetiva que excede a las que habitualmente nos anestesian la exigencia de nuestra percepción y nuestro juicio artístico. Algo sigue atento, al menos, a la captura de experiencias ajenas que mantengan viva la fe.  Porque sabemos que la creación es milagrosa. Sabemos que muy esporádicamente vemos obras que nos renuevan la percepción y nos muestran hasta que punto veníamos viendo noche a noche, una misma obra verborrágica, veloz, efectista, e inverosímil.

Ante la postergación cotidiana de las condiciones de ensayo artísticas mencionadas al principio, y que hace un tiempo hicieron a la cualidad práctica “alternativa”, la muerte de Spinetta nos permitió ejercer  la capacidad maltrecha pero viva, de reconocer en alguien  una posición práctica creadora. Quizás la vida de Spinetta ya tenía más sentido para todos por esto, que por su última etapa musical que ya pocos escuchaban.  Su muerte quizás sea entonces la oportunidad de dejar de sentirnos artistas solo por vernos capaces de valorar a uno, y salir de esta locura de presiones, sin historia hacia atrás ni procesos hacia adelante. El “teatro alternativo” no pudo pensar su relación con el mercado y se disolvió en el razgo práctico que el sentido mediático le da a todo: el impacto y su consecuente eclectisismo. Pero dejó condiciones a partir de las cuales seguir pensando y haciendo; están allí para todos los que queramos seguir en la cocina del mundo pero afuera del horno. 

Larga vida al flaco y al teatro alternativo en la de cada uno.




                                                                                       
Enero de 2013, Santa Ana, Uruguay


3.9.11

UN ÉXITO

Recién ahora me pude sentar a escribir un poco sobre el reestreno reestreno de "Amar". Antes fue imposible. La incertidumbre que genera la sola idea de que la obra no vuelva a ser la misma, acrecentada por todos lo cambios y cortes que terminamos el año sabiendo que debíamos hacer, y frente al renovado temor de que la gente no vuelva, (estimulado, además, por la extrema dificultad que está teniendo filtrar hasta el día de hoy una mísera gacetilla), generan una presión tal que mi subjetividad era la de un desesperado más de este medio mercantil y mediático, y no hubiera sido posible escribir otra cosa que no suene a vil publicidad, a nota en la que el artista contesta preguntas con la misma mesura reflexiva que simula el más hábil y voraz vendedor de cualquier producto.

Ya reestrenamos hace casi cuatro meses. Los cambios y recortes muestran su eficacia y validez ante el público. “A la gente le gusta”, es algo que en este reestreno me digo como dato que no puedo reducir ni relativizar, pudiendo, entonces, sentirme contento por el simple hecho de que a mí también la obra, en muchas funciones, me gusta. Y siendo lo exigente que me dicen los actores que soy, y padeciéndome mucho a mi mismo, que mi alegría aparezca como fenómeno posible es algo que saca a mi exigencia del plano de la locura y la acerca y amiga con otras condiciones del trabajo que procuran creatividad y, aunque parezca paradójico, disfrute.


Sin “problemática” estás en problemas.

Entonces estas líneas son escritas por alguien ahora más tranquilo, al que además ya le pasaron muchas cosas buenas con su obra luego de reestrenar: público en las dos funciones, buenas funciones, viajes, un premio, reconocimiento de los colegas, lo que se suele llamar: un “éxito”. “Éxito”, un club exclusivo y transitorio, que funciona en un edificio que no se sabe cuantos pisos tiene ni para arriba ni para abajo, en el que conviven seres en la gama de lo atroz a lo sublime, brindando y felicitándose, pero sin mucho más para compartir. Así que mejor ver que cada éxito es cada éxito y quedarse contento festejando en casa con los suyos. Porque este “éxito”, deducible de los efectos que supone la eficacia de una obra, entraña, en mi caso, un festejo secreto y conmovedor proveniente de un logro constitutivo que es condición de lo que hicimos en Amar: poner en práctica procedimientos en los que afirmo un sentido artístico, o sea, operatorias que se hacen posible para el hacer teatral.

Esto es fundamental en la manera que concibo el trabajo. Si bien he abandonado las condiciones de creación y procedimientos del mejor teatro de los noventa, continúo fiel a su apuesta principal como sentido fundamental del hacer artístico: “creación de lenguaje”. Esta apuesta, como imperativo práctico, impone la siguiente pregunta: ¿qué es lo que la obra quiere hacer y hace con el teatro en el contexto de lo que ya se hizo, se está haciendo y ya hiciste? “Amar” es un gesto escénico que se constituye como respuesta. Por eso cuando estoy frente a algún tipo de reconocimiento, festejo que se valore una obra hecha desde una hipótesis de la historia, la actualidad del teatro y el propio proceso artístico. Eso no hace que AMAR sea buena, ya que esas condiciones no garantizan nada más que un buena “problemática”.

Pero una buena “problemática” no es poco. Una “problemática” ya es algo antes que el éxito presione y se expida. Incluso cuando el “éxito” nos fue esquivo y, peor aun, la obra no nos cerró ni a nosotros mismos, la “problemática” atravesada como cuestión artística nos habrá dejado mucha data para el logro de una mayor consistencia en el próximo intento. Una “problemática” es nada más y nada menos que una cualidad práctica que afirma una hipotética respuesta a la pregunta que dijimos hace la “creación de lenguaje”. Esta respuesta no estaba en el saber de los que allí se implicaron, y fue en el proceso de despliegue de su mismo hacer que se generó su autoconocimiento y depuración. Tamaño desafío habilita y exige en su proceso: grupo, pensamiento, transformación y potencia. Y si la inteligencia artística y afectiva logra continuidad y acumulación, la experiencia podrá ser habitada y nombrada por lo que identifica y declara como prácticamente singular. En suma: la “problemática” genera condiciones de encuentro en el hacer posibilitando que el ensayo adquiera un sentido propio, y que en su proceso, extenso, incierto y fascinante, sus implicados quieran evitar todas las presiones, apuros, amnesias, tentaciones, facilismos, complacencias y efectismos que impone el “éxito” cuando se convierte en el sentido de la experiencia.

Y, si, del “éxito” hay que cuidarse. Ante la ausencia de “problemática” la dinámica del mercado nos hace seres esencialmente superfluos y, al “éxito”, el índice único de existencia. La desesperación por alcanzarlo genera en el hacer, síntomas prácticos que están presentes de manera generalizada en la práctica teatral actual, y dan cuenta del tipo de presión que nuestro medio impone en los artistas que no logran algún margen de autonomía problemática. Por esto festejo también en nuestro “éxito” la consiente atención que pusimos, hasta donde pudimos, para evitar los procedimientos con los que el “éxito” suele entrar al ensayo desesperado por garantizarse.


Cualquier cosa

El otro día leía las declaraciones de un famoso director y dramaturgo que aconsejaba, a los que quisieran dirigir, que aprendieran a escribir teatro. Pensé en el periodista que escuchó eso, luego lo desgravó y finalmente lo puso en la nota siempre con la misma verdadera neutralidad. Pensé en los lectores que asumen el concejo como algo de lo que hay que hacer para aspirar a algún porcentaje de esa eficacia y el reconocimiento. Pensé luego en Kantor, al que vi en televisores no muy grandes reproducido en VHS, y me devoré en libros; recordé la primera vez que vi a Pompeyo Audivert en babilonia, año 80 y pico, y comprendí, con un actor, a qué se refería Kantor cuando de mil maneras, hablaba de buscar que el fenómeno esté concretamente ahí; me volvieron las clases de Bartis en las que el teatro estaba siendo desatado en los cuerpos que se quisieran desatar, para ver las posibilidades escénicas que emergían desde ellos. El aluvión de ese pasado reciente, desencadenado por ese consejo prehistórico y actual, me hizo patente el hecho de que la historia del teatro no se impone hoy como evidencia y explicitación en nuestro medio. Se puede hacer y decir realmente cualquier cosa. Pero no el “cualquier cosa” que subraya lo indeterminado del trabajo actual de creación, sino el “cualquier cosa” de una subjetividad imposibilitada para concebir y aceptar algún tipo de condicionamiento. Ni los condicionamientos que pueden tomarse de la historia para delimitar algún grado de actualidad práctica, ni los condicionamientos que pueden reconocerse en la actualidad como inductores de una manera de hacer.

El mercado escénico genera una subjetividad que no puede convivir con las condiciones de creación que dejó Kantor, ni ninguno de los directores del siglo XX que hayan problematizado la autonomía escénica, ni los acontecimientos actorales de nuestra ciudad de las ultimas dos décadas de ese siglo. Tampoco puede percibirse o reconocerse afectada e influida por una fuerza externa a su mundo subjetivo. La consistencia de su identidad artística es demasiado frágil y caprichosa como para poder apropiarse de condiciones que exijan algún tipo de transformación o cuestionamiento. La desesperación de fondo tiene la misma fuerza que en el siglo xx tenía la alienación. Hoy, en la orfandad de formas, métodos, técnicas e instituciones totalizadoras que donen una verdad, la consistencia artística parte de un contexto indeterminado, fragmentado, ahistórico, saturado y disperso, que, a la vez, exige alcanzar una cartelera alta y rutilante como único índice válido de existencia. Es algo así como que para salir de la arena movediza, la salvación demandara un salto. Es realmente desesperante. Ante esto, o “problematizo”, es decir busco, reconozco, acepto y afirmo condicionamientos artísticos como elementos a integrar en la configuración de mi práctica, o caigo en la pura subjetividad y, mistificándola, la sanciono como esencialmente singular y asumo mi práctica como su automático efecto. En este artista, la autoproclamada peculiaridad de su persona contendrá la originalidad de su arte.

De esta manera, “cualquier cosa” puede ser dicha o hecha porque parte de un artista que confía, sobre todo cuando lo convalida el “éxito”, en ser una emanación congénita de singularidad y talento. Lo que en términos prácticos podría confirmar o cuestionar este mérito autoadjudicado, no tiene discurso rastreable. Porque un pensamiento práctico, implicaría el tener que definir prácticamente el carácter creador y singular de las obras y esto es un desmistificador automático. La pregunta que invita a formularse la “creación de lenguaje” se saltea de arranque. La mistificación artística se la juega y trabaja a la legitimación en “éxito” que le puede proveer el mercado en algún momento.

El mercado es muy cruel y exigente pero no a nivel artístico. De hecho es alimentado fundamentalmente por entretenimiento con marketing de arte. El único enunciado práctico que podría dar cuenta de la estrategia del hacer de este artista desesperado y mistificado sería: “con lo que a mi me sale, se me ocurre, me conviene y me excita, tengo que hacer algo que pegue en el contexto de lo que hay”. Quizás suene más propio en boca un publicista, que podría afirmarlo sin pudores; pero si sos algo más elevado que un publicista, si sos un artista, no tenés ni que decirlo ni pensarlo: el mercado te lo hace hacer y vos lo vas a hacer convencido de la guía de tu genio.

La dinámica práctica de la subjetividad artística que produce el mercado, es publicitaria. Es publicitaria porque, como dijimos, el sentido convalidante es el “éxito”, y la distancia más corta entre un ser desesperado y el éxito es un buen “impacto”.

El “impacto” es la operación que le da sentido escénico a todo lo que sale a escena cuando no hay una “problemática” que componga los cuerpos y rubros en el contexto indeterminado, fragmentado, ahistórico, saturado y disperso en que se inscribe el ensayo bajo la insidiosa presión de “éxito”. Digamos que la “problemática” por excelencia de nuestra época es transformar partes dispersas en componentes de una textura común. La “singularidad” sería entonces la específica manera en que unos cuerpos y rubros heterogéneos han logrado transformarse inventando un juego propio e intransferible. No existe una subjetividad o un artista “singular” ya que la singularidad no está garantizada y depende, cada vez, de un encuentro con los otros en el que la singularidad, si aparece, será una dinámica que transformará a todos para componerlos. Si algunos de los componentes demanda un respeto particualar, o es erigido como centro y valor, o se resiste a abandonar su eficacia conocida, o le dona sentido a los otros, o no puede abandonarse como componente, o tiene mayor responsabilidad imaginaria que los demás, etc. solo tendremos otro espectáculo, quizás interesante, pero no singular.

Es entonces que si la obra no supera la dinámica del contexto desde el que partimos, generando el trabajoso milagro de una textura común, cada uno queda expuesto y arrojado a su aporte particular. Este aporte propio y descompuesto del resto, demanda una eficacia propia que debe procurarse el “impacto” con el que estimular por sí mismo al espectador y su beneplácito. El eclecticismo reinante, como síntoma general del teatro actual, es el efecto de esta fragmentación de partida no superada y tenuemente convertida en “espectáculo” como reunión de todos impactos que inventaron los rubros implicados. Así se disocia y delata, como publicidad de si misma, la “inteligencia” del texto, un actor que la “pega”, la “idea” escenográfica”, el “tema” que aborda la obra, el “buen efecto” que genera tal o cual procedimiento, etc., etc.. En el rasgo del impacto que caracteriza cada participación se confundirá originalidad con singularidad. El artista mistificado será diferenciado por su universo de temas y tipos de impacto sin que entre en cuestión que la dinámica de su hacer es un puro efecto y síntoma de las condiciones y presiones, para él inexistentes, que impone el mercado.

Volviendo al artista consejero y “exitoso” que mencionamos al principio, y ajustándonos a la letra, como él lo hace con su teatro, reconozcamos que habló de “dirigir”, no de “crear”. Claro que, mistificado y exitoso, la connotación creadora de su dirección es una evidencia que no necesita ser ni mencionada, ni, mucho menos, pensada.


Guarda que quema.

Como sabemos, el “éxito” es algo relativo. Y su relatividad produce fenómenos desconcertantes. Por ejemplo: compruebo que a la inmensa mayoría de las personas que les gusta “Amar”, también les gustan otras obras que para mi manera de disfrutar teatro son malas e, incluso, lógicamente contrarias a mi apuesta. Obviamente prefiero sufrir este desconcierto, a la indiferencia y el rechazo. Además, también me mencionan obras que me gustan y me honran con la vinculación. Pero reconozco que el "éxito" me muestra todo su desquicio al ver que mi obra es distinguida junto con otras a las que considero meros síntomas prácticos a los que induce el mercado. Compruebo, mal que me pese, que compartimos el promiscuo mérito de haber podido configurar a las mismas personas como público compatible y gustoso. El "éxito" tiene modos de eficacia que en algunos casos son difíciles de conciliar, sobre todo cuando además conviven en una misma persona. Quizás quepa entonces hacer la siguiente discriminación artística que, a mi modo de ver, calma este desconcierto y relativizar la promiscuidad y el relativismo mismo. Si no, quedamos demasiado entregados ante la demagogia del “todo es teatro” o “son distintas manifestaciones del teatro” o “el buen teatro está en cualquier parte” que domina a gran parte del periodismo y la teoría teatral contemporánea encontrando su cúspide filosófica en la sanción de una singularidad generalizada que es un negocio bárbaro entre la mistificación subjetiva reinante.

Veamos. Sé, por mi experiencia como público, que me pueden configurar eficazmente de dos maneras: estimulando mi subjetividad por el lado al que podemos llamar “quemado” o por el lado, que ante la ausencia de un nombre mejor, llamaré “creativo”. No importa que sea, teatro, cine o televisión. Obviamente estamos más dispuestos a estimular el lado “quemado” viendo tele, que a asumir, en el teatro, ante obras que presentan medallas de algún tipo, que uno está ante un “queme” culto y que es su lado correspondiente el que está siendo cultivado. No tengamos pruritos en afirmar que el lado "quemado" habita todos los universos culturales, incluso el más auto convencido de su valor cultural, independencia y riesgo artístico. Es un lado snob, cool, cholulo, cómplice, paternalista, morboso, sensiblero y es estimulado, con “impactos”, en alguna de sus áreas de implicación sujetiva: ideológicas, culturales, mediáticas, sexuales, intelectuales, populares, etc. El otro, el lado “creativo”, es, obviamente, con el que intento nombrar un aspecto más interesante de muestra subjetividad caracterizado por su disposición a experiencias autónomas, sin “impactos”, valores o condimentos mediáticos. Dos obras, hechas para “lados” distintos, pueden ser igual de valoradas ya que cada una fue eficaz en el aspecto subjetivo al que interpela. Por eso en una misma persona pueden convivir, disociadas, exitosas y reunidas, ambas posibilidades. Lo cualitativo que diferencia ambas experiencias puede no ser notado. Esa obra que desestimo como creación artística, pero un espectador valora tanto como la mía, ha logrado capturarlo entrándole por el otro lado.

Digamos entonces que, desde esta perspectiva, para los artistas, hacer obras para cualquiera de los lados es, en términos de éxito, lo mismo. Pero si esto fuera una opción, si uno pudiera elegir a que lado apunta, no se si alguien elegiría producir para el lado “quemado”. Las obras hechas para el lado “quemado” están hechas, directamente, desde el “queme” del artista mistificado y desde allí no creo que se vea otra posibilidad. Allí reina la pura subjetividad armada de relatividad, cinismo y atontamiento; la medida excluyente de crecimiento es mediática, aún en el más “independiente”, gasolero y autogestado de los ejemplos. El artista “mistificado” y su práctica reina numéricamente, y por afano, porque, como dijimos, es el efecto directo de la adopción de los procedimientos de impacto a los que empuja el medio y además, ahora agregamos, cuenta con la avidez garantizada del lado “quemado” de nuestra subjetivad como marca de fábrica de la época. En medio de este panorama, el lado “creativo” es una suerte. Las obras hechas desde y para ese lado son cualitativamente menos y dependen de milagrosas contingencias, encuentros y condiciones “problemáticas” que permiten mantener a raya el “queme” que nos habita y nos impide configurar encuentros y prácticas que convivan más valientemente con la incertidumbre y la exigencia en pos del beneficio inmediato, subjetivo y practico, de constituir una lógica que nos permita abandonar nuestro “impacto” y transformarnos compuestos con otros.

Es importante liberarse de la chicana que, con el juicio de “maniqueo”, “discriminatorio”, “reduccionista”, etc., se suele objetar a cualquier afirmación que plante dos posibilidades en la que una es mejor que otra. En ninguna época fue fácil o dado crear en ninguna de las áreas humanas. La creación se las tiene que ver con la puntualidad de los obstáculos y posibilidades de la época en que se intenta. Por ejemplo, si alguien cree hoy que es un vanguardista, está suponiendo un mundo que ya no pone los obstáculos y posibilidades que hacían de la creación una “ruptura” en una época dominada por el academicismo y la alienación reinante. Lo que hoy reina, y es efecto de las condiciones mercantiles y mediáticas, es lo que estamos llamando aquí “lado quemado” de nuestra subjetividad. Este mismo mundo también tiene posibilidades creadoras específicas que desarrollamos antes y nombramos como “singularidad”. A eso se avoca sin garantías el no garantizado lado “creativo”. Que se delimiten las condiciones prácticas que definen a cada posibilidad hace que queden “juzgadas” las prácticas existentes. Pero ese es un efecto del tratar de percibir y pensar la difícil tarea de crear en este mundo. Aquí no se presentan dos “opciones” y se juzga a una buena y a otra mala. Aquí está nuestra época con los efectos a los que induce y estrategias para zafar. Luego, que cada uno hace lo que puede, es estrictamente cierto. Ahora, eso no conduce a pensar que todas son diferentes maneras de crear, esa es una necesidad del “quemado” para no ver el mundo del que es efecto.

Con el lado “creativo” afirmado, y su exigente elitismo ávido de ser convocado y capturado, podemos entregarnos a experiencias “quemantes” divertidas o interesantes, pero concientes de que la creación es otra cosa. Esto acota tremendamente el margen de lo creativamente estimable, pero nos permite intentar ser artistas de este mundo con sus obstáculos y beneficios. Como dijimos, de la misma manera que el artista vanguardista del siglo XX buscaban condiciones y procedimientos con los que su practica saliera de la reproducción, la alienación y el academicismo dominante, los artistas que hoy intentamos afirmar condiciones creativas del hacer, debemos evitar que el “queme” con el que nos constituye el mercado, oriente nuestra práctica hacia allí, desesperándonos, mistificando nuestra subjetividad y haciéndonos apelar a los recursos prácticos que por impacto intentan garantizarse su vinculación con la subjetividad reinante y con el “éxito” como sentido.

Personalmente, creyendo mantener aún la capacidad de distinguir entre ambos “lados” descriptos, y habiéndonos dado con "Amar" el lujo de una problemática y un largo, fascinante, transformador y exigente proceso, festejo que, además, nos encontremos disfrutando del beneficio final de esa eficacia ambicionada, desesperante, inductora, relativa y “quemante” llamada “éxito”. Pero que quede claro aunque parezca pretencioso y "que te haces": el lujo es tener "una problemática y un largo, fascinante, transformador y exigente proceso"; además puede haber éxito o no: sólo "éxito", es “queme”.

29.9.10

Video-entrevista sobre la creación teatral en tiempos de mercado

Viendo la siguiente video-entrevista pensé “¡que tiempo que nos dimos!”. Incluso estando editada se puede ver el ritmo de la charla. Evidentemente Diego Braude, entrevistador, camarógrafo y editor, quiso que se vea el trabajo de pensar: su suspenso, su reincidencia, su precipitación, su desorientación, su reencuentro. Darse el tiempo es creer en lo que se tiene para transmitir y por, sobre todo, en la capacidad de los interlocutores para que la charla configure algo nuevo. Presumiendo de esta posibilidad y capacidad el dispositivo "entrevista" se realiza con un tiempo de búsqueda (que sabe que no será acotado por el marco de publicación) en el que lo ya sabido y transmitible, repentinamente, le da lugar a lo que se dice por primera vez. De hecho en la charla pude pensar algo que no terminaba de desentrañar y allí se me configuró con claridad. Yo me venía preguntando: ¿porqué casi no existe pensamiento teatral desde la práctica teatral? Y encontré una respuesta tentativa: en la entrevista explico que nuestro medio escénico es un "mercado escénico". En él, sus habitante debemos inventar un modo de actuar, dirigir, iluminar, escribir etc. que resulte atractivo, convocante y eficaz como producto que ofrecemos para el consumo. Nuestro "modo" es el "impacto" con el que cada sujeto intenta que su hacer sea discriminado, reconocido y requerido en medio de la saturación de ofertas que habitamos. El "impacto" que cada uno inventa es la apuesta con la que nos exponemos para lograr estimación y existencia en el "mercado". En estas circunstancias un elenco es una reunión de "impactos" cuya eficacia es previa a la obra que se hará. Si esto es así, hacer una obra, sería, en principio, tratar de evitar que su dinámica sea el puro despliegue del "impacto" de cada uno, ya que esto impediría el encuentro de una dinámica que reuna cuerpos y rubros escénicos para la invención de la configuración sigular que una obra intenta ser como creación. La creación, hoy, implicaría entonces hacer y pensar la manera en que artistas con "impactos" diferentes se reinventen para componerse en el juego puntual de una obra. Pero si hacer "obra" implica pensar como componerse, y componerse es transformarse, crear y pensar sería de entrada, poner en custión el "impacto" que me ha deparado alguna eficacia frente a incertidumbre que me genera el "mercado". Y aquí la cosa se complica, porque la manera que cada uno se ha inventado para hacer lo suyo es ni mas ni menos que su manera de sobrevivir. Así de dramático. La desesperación e inseguridad que tiene la subjetividad que produce este medio necesita se su "impacto" como mínima garantía de existencia; si pensar hoy implica transformarse, auto condicionarse, auto impedirse modos en pos del descubrimiento de otros, pensar se convierte en un riesgo ilógico e insoportable. Suele cargarse las tintas sobre actores que por su fama ya son “in-dirigibles”; sería mejor ampliar la percepción y ver que estamos en una época que produce actores, directores, etc. que siendo celebres o ignotos son subjetivamente “in-transformables”. El eclecticismo que reina como característica practica general es el efecto de esta condición de reunión: las obras no suelen superar la fragmentación de partida que impone la heterogeneidad de los "impactos"reunidos. No hay pensamiento de la misma manera que en general no hay composición, no hay “obra”, hay ese evento en el que cada uno vende lo suyo. Si actualmente una obra suele ser, salvo contadas y honrosas excepciones, la excusa con la que cada uno muestra su impacto, el pensamiento sobra. Lo que cada artista enuncia, casi exclusivamente ante la intermediación periodística, es la publicidad del impacto al que se juega su participación. Alberto Ure, a principios de los 90, profetizaba: " Lo que hoy domina absolutamente en el campo estético es la promoción, una promoción igual a todas las promociones, lo que nos transforma a todos en modelos de Pancho Dotto". Es brutal, pero las épocas son brutales, al punto de que "pensar" y "crear" fueron gestos siempre a contrapelo de la dinámica que impone el momento. En el siglo XX pensar y crear era, ante la dominación, "romper", eso constituía una "vanguardia"; actualmente pensar y crear es ante la desesperación, "componer", eso produce una "singularidad": transformarse para inventar lo que nos potencia reunidos. Muy difícil de hacer y pensar. La dinámica del "impacto" necesita silencio, baruyo o autoengaño. No decir nada que impida que cada uno haga lo que le sale, o decir mucho desde la pura subjetividad, o hacer una teoría en la que el medio es un paisaje de singularidades múltiples. Habiendo pensado esto, también me pude explicar otro interrogante: ¿porque se han vuelto tan breves los períodos de ensayo? En los 90 cuestionábamos el teatro comercial y oficila porque el tiempo que disponía para ensayar delataba de entrada la ausencia de intenciones y condiciones de búsqueda. Hoy este rasgo atraviesa la producción teatral en general. Si percibimos la dinámica que describimos para entender la ausencia de pensamiento podremos entender que darse tiempo también sobra. Si no hay subjetividad con capacidad y voluntad para transformarse, mejor, realmente, darnos el menor tiempo posible, con el mismo criterio que el más furioso teatro comercial, y no exponernos a nada que nos sea que cada uno haga lo que sabe, y efectuar unas ideas de "impacto" que el texto o el director tiene. Extenderse en el tiempo es el efecto de un excepcional proceso de transformación o es una invasión de temores, inestabilidades, desenganches, inseguridades, presiones externas, aburrimiento y disoluciones. Esta video-nota es para verla con tiempo, con el mismo que nos dimos para hacerla y que, personalmente, tuvo sus frutos

 

 

Entrevista: Alejandro Catalán. 1º Parte: La lógica de las formas from Imaginación Atrapada TV on Vimeo.

 Hace dos años invité a Alejandro Catalán (director, actor, profesor y teórico) a participar de unas mesas de debate para Tecnoescena '08. La mesa que le tocaba era la de "Teatralidad" y en la charla elaboró sobre el tema, haciendo hincapié en el concepto de mercado. La cuestión me quedó picando y, en parte, se fue filtrando en clases y diálogos durante el 2009, mezclándose con otras preguntas que me fueron surgiendo. Leyendo una entrevista que le hicieron a Catalán hace poco en función de su última obra, "AMAR", encontré que había seguido elaborando las ideas que le había escuchado en Tecnoescena. No hay muchos teatristas hoy en día a los que les interese sentarse a reflexionar sobre la propia práctica (las dudas, las preguntas, los conflictos, las certezas si las hubiera) y me dieron ganas, entonces, de continuar algo de lo que había comenzado un par de años atrás. 

 

 


 

 

Entrevista: Alejandro Catalán. 2º Parte: La lógica del impacto from Imaginación Atrapada TV on Vimeo.

Si tomamos en cuenta que hay alrededor de 500 espectáculos en cartel por semana en más de 160 salas (puede, incluso, que la cifra sea más del doble, si tomamos como referencia las estadísticas que aparecen en Alternativa Teatral), no es loco preguntarse cuál es la lógica que imperaría en el modo de producción.

 

 


 

 

Entrevista: Alejandro Catalán. 3º Parte: Reinventarse from Imaginación Atrapada TV on Vimeo.

 Tercera parte de la entrevista a Alejandro Catalán. Si lo que impera es la velocidad, la falta de tiempo y la lógica del impacto, ¿cómo pararse frente a eso si lo que se pretende es recuperar el proceso de búsqueda como un valor? ¿Cómo construir relato en medio de la dispersión? Periodista, cámara y edición: Diego Braude Filmado con Panasonic FS 7

 

 


 

 

 


31.12.07

El actor "caja de herramientas"















Intercambio con Nicolás Martini, extraído de los comentarios de la entrada
"Parte 3. Cuerpos informados e invención". Las tres partes, y las que vendrán, se agrupan en la cuestión (etiqueta): "Problemáticas contemporáneas del actor y del director ".



Nicolás Martini dijo...
Me parece muy interesante la descripción del proceso en el que se dejó de seguir doctrinas específicas en pos de expandir la paleta del actor. Yo conocía al "actor informado" como un actor con una caja de herramientas. Es decir, siguiendo con la metáfora, que en lugar de ser únicamente destornillador o martillo el sujeto es más parecido a una de esas cortaplumas que tienen muchas utilidades. No sé sin embargo si esto es una tendencia general o escuela paralela. Me parece más complicado querer trazar un comportamiento generacional con respecto a la relación entre técnica y oficio. Hay -como los hubo y creo que habrá siempre- actores instintivos, sin formación ni información. Y los hay todavía que siguen -por decisión o negligencia- los pasos específicos de un sistema puntual. Coincido con vos que estos son los que más dificultades encuentran a la hora de trabajar. Ahora no sé si esas anteojeras que les crecen a medida que van automatizando una técnica, no tienen su par en aquellos que buscan la libertad creativa. Es decir, sin duda alguien que ha estudiado diversas técnicas y estéticas puede tener la misma parálisis a la hora de actuar, justamente por no saber elegir. Si el tiempo es limitado ¿cuánto más efectivo es conocer muchas técnicas que realmente dominar una? Estoy totalmente de acuerdo con que todo se redimensiona al momento de la práctica. Si la actualidad teatral no pide estéticas puntuales más allá de lo que se podría incluir en el laxo posmodernismo, entonces la búsqueda queda condicionada a la creación de una pieza bien hecha. Sin importar el medio. Ya sea mediante una técnica puntual o el compendio de muchas.Inevitablemente habría que tocar el tema ¿Qué es una pieza bien hecha? Pero sospecho que tendríamos menos problemas en contestarla.

alejandro catalán dijo...
Nicolás: me quedé pensando en lo del “actor informado” como un actor con caja de herramientas. La “entrada 4” va a desarrollar algo que quizás dialogue con esta idea. En principio, el actor informado no sería, de largada, un actor con herramientas; como lo que estos cuerpos ingresan son técnicas diversas o partes de ellas, lo que esos cuerpos tienen son operaciones compartimentadas y reunidas en diferentes lógicas por lo que más que “herramientas” son “máquinas” o “piezas de máquinas”. Esto implica que las operaciones no están libres y disponibles como herramientas sino que responden a un funcionamiento ligado a al artefacto del que proceden y en el uso que tal les da. Son cuerpos que en principio no tendrían ni destornillador, ni martillo, ni cortaplumas; tendrían barios funcionamientos de máquinas incorporadas. Que este cuerpo convierta las piezas de esas máquinas en herramientas individuales, con aplicaciones no predefinidas y combinaciones legitimadas por lo que pide una situación escénica puntual, es un acontecimiento actoral muy importante pero no garantizado en la “información”. Un “actor con herramientas” es el actor de un cuerpo que se ha podido inventar y luego pensar como funcionamiento propio y específico. Es decir un cuerpo tiene “herramientas” cuando puede configurar desde la puntualidad de su dinámica expresiva la puntualidad de la cuestión escénica que se le plantea. Un “actor informado” de los que se producen actualmente abordará todas las cuestiones escénicas que se le planteen con los escasos e impensados recursos que tiene la “invención” que su actuación logró ser. Creo que vos sugerís que un actor “formal” (que se forjó en una solos forma) puede tener las mismas anteojeras que un actor informado. Yo creo que es así, si bien son distintas anteojeras (unas son una forma cerrada y otra una invención cristalizada) comparten la dificultades para puntualizar y pensar su cuerpo y habitar puntualmente cada cuestión escénica. “El actor con una caja de herramientas” sería el mejor actor para este contexto pero es un acontecimiento superador del actor que, en principio, induce la dinámica de la que se parte.

26.9.07

Parte 3. Cuerpos informados e invención.

(Comenzar la lectura desde Parte 1)


Alguien que hoy comienza a estudiar actuación, dispone de un repertorio de posibilidades formativas que comprenden todas las formas canónicas del siglo XX, todas las técnicas rescatadas y reafirmadas de la historia del arte actoral y todas las modalidades desarrolladas por artistas teatrales contemporáneos. El currículum de los actores contemporáneos es una lista sorprendente de cursos y seminarios con las técnicas y los maestros más disímiles. Esta abundante variedad de experiencias pedagógicas es actualmente lo que parece definir una “buena formación”. Pero por lo que dijimos antes, en relación a lo que era la “formación” de un “intérprete”, esta “buena formación” no sería ni buena, ni formación. En términos actuales sería una “buena cantidad de información”. A diferencia de la “formación”, en la que el aprendizaje de una forma dotaba al cuerpo de una lógica de funcionamiento escénico específico que el actor o director luego aplicaba, la “información” no conduce por si sola a la organización práctica del cuerpo que la acumula. Si las operaciones actorales que ingresan a un cuerpo ya no provienen de una única lógica que previamente las vincula y coordina, ese cuerpo será, en principio, un compendio de operaciones con lógicas dispersas e inconexas. Todas las operaciones que esos cuerpos van recolectando no implican ni conducen necesariamente a una configuración del ejercicio de su práctica ya que la acumulación de información no incluye la operación que selecciona los recursos que configura la actuación de ese cuerpo. Dicho de otro modo: que la “información” de un cuerpo se configure en su actuación o su dirección es un paso que no está contenido en la acumulación de informaciones. Esto equivale a decir que un actor podría no salir nunca de esta feria informativa y perfeccionante ilimitada; en este contexto, un estudiante de actuación podría nunca ser actor, podría estudiar ilimitadamente, ya que su actuación no deviene de las informaciones que acumula, y su autorización como actor, no está presente en la dinámica de este contexto de “información” con una autoridad que sancione tal inicio. Incluso el alumno de un conservatorio sabe que terminar de cursar no es necesariamente saber o poder actuar. De hecho, un cuerpo que ya ha atravesado alguna institución, innumerables cursos y seminarios de toda índole puede no haber organizado su actuación y un cuerpo que no ha hacho ninguna experiencia pedagógica puede haberlo logrado, incluso con eficacia, en alguna oportunidad que fue demandado actoralmente.

Si la actuación no llega como lógica previa y proceso de aprendizaje y autorización de una forma o institución:

¿Cómo llega?

¿Cómo es que esa “información” se convierte en actuación o dirección?


Evidentemente, en la actualidad, la actuación depende de una conquista que ese cuerpo logra hacer por y para sí mismo. Actuar o dirigir es un acontecimiento de ese cuerpo en el que tiene más peso la decisión y la afirmación de recursos apropiados, que el bagaje de toda la información acumulada. El acontecimiento actoral de ese cuerpo será el encuentro de una dinámica propia que seleccione y componga sur recursos e informaciones. Esa dinámica propia que selecciona y compone las informaciones dispersas y heterogéneas que va incorporando su cuerpo será, ni más ni menos, la actuación que ese cuerpo ha inventado para sí mismo.

Actuar dependerá entonces de una invención.

Esta invención aparece cuando ese cuerpo afirma lo que tiene, puede y “le sale” como propio y suficiente.

Actuar depende de un movimiento subjetivo que hace que un aspirante deje “la” actuación y comience a afirmar “su” actuación.

Actuar o dirigir en este medio parecen depender de lo que estos actores y directores puedan configurar para sí mismo entre la diseminación informativa. Esa configuración propia, será en este contexto diseminado y desorientado, la invención de una manera de actuar o dirigir.


Esto nos podría llevar a pensar que hay tantas maneras de actuar y dirigir como individuos que se dedican a esto. Pero no es así. La ausencia de dogmas formales implican el nacimiento de una nueva problemática: la indeterminación respecto a la configuración de la propia práctica. Esta indeterminación podría ser apresuradamente festejada como una época con ausencia de coerciones y proliferación de las singularidades. Pero no parece ser así de simple: si la donación de discurso que daba la forma tenía el problema de dogmatizar, dicotomizar y estereotipar la práctica, esta ausencia actual de discurso trae otros malestares y límites tan fuertes como los anteriores en los que la singularidad sigue siendo algo excepcional y no un atributo directamente atribuible a la subjetividad teatral contemporánea. Las “invenciones” de la propia actuación o dirección no son necesariamente eficaces y mucho menos singulares ya que se configuran en un medio escénico cuya dinámica impone presiones, maneras y eficacias.


¿Cómo se configura esta “invención”? ¿Cómo se vincula el cuerpo y el medio teatral para ello?(Continuará en Parte 4)

13.9.07

Parte 2. De la formación a la información.

(Comenzar la lectura desde Parte 1)



Comencemos desalojando la concepción con la que espontáneamente se aborda al actor: “intérprete”. Este abordaje espontáneo heredero de los discursos teatrales del s. XX es el supuesto fundamental que nos enfrenta con un desacople entre lo que esperamos que halla y lo que hay. Nuestro medio escénico ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años y la visión interpretativa hace que en esta mutación general sobrevivan palabras, conceptos, expectativas e ideales, que ya no rigen y son un obstáculo para pensar y habitar las nuevas circunstancia.
Este punto de partida implica por igual al actor y al director. Si el cuerpo se ha descolocado de su función interpretativa la dirección también queda trastocada. El qué hacer con ese cuerpo es un problema que se juega fundamentalmente en este vínculo por ser el que habita la situación de creación escénica y por ende el que se las debe ver en vivo y directo con los beneficios y obstáculos prácticos que trae este cambio.


Abordemos la cuestión desde un síntoma contemporáneo muy común: un estudiante de actuación, en el momento que pasa de un contexto de formación a participar de una obra que lo requiere como actor, descubre que el encuentro entre lo que difusamente aprendió, y lo que un director le pide que haga, le produce, para bien o para mal, un gran desconcierto práctico y subjetivo. Las palabras que escucha, las propuestas que le hacen, los resultados que se parecen buscar, los valores de eficacia que se manejan, las diversas modalidades de actuación de sus colegas, nada parece ajustarse a lo que aprendió. Luego de varias experiencias este actor comprobará que tales circunstancias son las habituales, que entre su cuerpo y el director hay lazos difusos y conflictivos y que en contadas excepciones esa brecha irá encontrando comprensiones y apuestas comunes. Pero centrémonos ahora en el síntoma de partida ya que este desacople que se produce entre la formación y la práctica artística ya podremos apreciar una problemática que el antiguo “intérprete” no tenía.

De hecho la palabra “formación” le pertenece a la lógica interpretativa. La “formación” de un intérprete era el trabajo que forjaba al cuerpo de un actor para ser apto y eficaz en la participación de una “forma escénica” específica. La“forma” es el fundamento práctico que se desarrolla desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX. Su discurso estructura y da unidad al gesto escénico mediante una lógica que lo totaliza. La “forma” define, regla, secuencia, prioriza, coordina, vincula y valora todo lo que participa de la actividad escénica para la creación de una obra. En este contexto, el intérprete era un actor “formado”, configurado en coherencia lógica con la “forma” que lo requería. Cada “forma” dotaba al gesto actoral de las potencias escénicas que esa lógica le adjudicaba posibles y la manera en que debía vincularse con los otros elementos de la actividad escénica. Esa lógica preestructuraba el despliegue del gesto actoral al punto que muchas “formas”, como sabemos, produjeron una técnica de actuación y una pedagogía. Los ejemplos formales del siglo XX son más o menos los nombres de todos los directores que conocemos: Stanislavsky, Meyerhld, Grotowski, etc.; de hecho, la “forma” nace con el “Director” como responsable de la creación escénica.

En aquel lapso histórico, el pasaje que hace el “intérprete” de la “formación” al ejercicio del arte actoral, como así también el encuentro entre el actor y el director no tiene los desacoples actuales. El actor y el director hablan un mismo idioma, y manejan los mismos supuestos. El actor como integrante de su compañía encuentra en él una mirada que demarca, orienta y evalúa con claridad. Ambos tienen en la “forma” que los estructura como intérprete y director la ley que terceriza el vínculo reglando su funcionamiento para la creación teatral.

Por lo que dijimos antes, las características del el encuentro actual entre un actor y un director evidencian la ausencia de una “forma” como referencia práctica y vincular. De hecho ya la “formación” de un actor o director no tiene las características a las que aludía esa denominación. La actual “formación” es decididamente contraria a la lógica formal: no tiene unidad, es ecléctica. Este eclecticismo es el efecto de lo que puede ir recolectando un estudiante por estudios privados o de lo que le será brindado por una institución tipo “conservatorio”. En ellas, cada año vendrá un profesor “con su librito”; algunos profesarán alguna técnica específica heredada del siglo pasado, otros encarnarán el eclecticismo mismo en lo que enseñan y algunos tendrán una modalidad que parte de una hipótesis contemporánea; como sea al cavo de unos años el cuerpo de ese alumno y futuro actor o director tendrá un compendio de técnicas y modalidades que guarda inacabadas e inconexas. No será un cuerpo con una “formación”, será un cuerpo con “información”.

Este “cuerpo informado”, en las antípodas de la lógica formal e interpretativa, tendrá un saber variado y fragmentado que no responde a una referencia específica de organización ni aplicación. Para ellos la actuación o la dirección no es de una o algún número de maneras codificadas; para los cuerpos de la “información” la actuación es, en principio, un acontecimiento indeterminado y potencial ya que lo que aprendieron no tiene vinculaciones ni continuidad en su ejercicio de la instancia artística.

Esta nueva característica en el aprendizaje de la actividad actoral no es una deficiencia: tiene su correspondencia con el medio en el que se desarrolla, ya que los cuerpos no serán requeridos para que apliquen una forma determinada. Los cuerpos de la “información” no son cuerpos “mal preparados”; todo lo contrario, el medio que los produce y los requiere es una continuidad en la experiencia del eclecticismo práctico ahora reinante. Este pasaje de la “formación” a la “información” no es algo que denote una decadencia o una cuestión a solucionar, más bien da cuenta de una mutación más general del medio teatral en el que la “forma” y su “intérprete”, por razones que tendremos que ver, han caído como lógica práctica y han sido relevados por otra dinámica que estos nuevos cuerpos quizás nos puedan ayudar a ver.

Preguntarnos entonces, por la actual consistencia práctica de la actuación tiene una importancia capital. En el reinado de la forma, estas preguntas no tenían razón de ser, pero actualmente, los comos y porques del ejercicio de esta práctica no tiene un discurso al que remitirse ya que como dijimos actuar o dirigir ya no es un efecto de la “formación” o de la ruptura con su formación. Actuar y dirigir en este medio escénico es partir de una gran cantidad de “in-formación” sin un discurso que la componga. ¿Cómo se convierte la información en actuación o dirección?
(Sigue en Parte 3)

Parte 1. Introducción

En el momento que directores y actores del medio escénico actual ejercemos nuestra práctica se nos presentan diversas problemáticas prácticas, subjetivas y vinculares. Quizás estas problemáticas, además de tener la puntualidad que impone la obra que se está creando y la gente que la está haciendo, estén, además, vinculadas con la dinámica del medio escénico que nos toca habitar.

Pero, ¿cual es la dinámica de nuestro medio? o, preguntado desde nuestro interés práctico ¿cuales son las condiciones o presiones que este medio dispone como contexto de nuestro hacer?

Suponiendo que esto pueda encontrar algunas respuestas o especulaciones, ¿que utilidad tiene?

En principio, el poder identificar que actualmente muchas cuestiones vinculadas a la consistencia o inconsistencia práctica, subjetiva o vincular son simples datos de partida, puede habilitarnos a ciertas estrategias y complicidades que despeje y potencie la apuesta creativa. Luego, el percibir esas condiciones en los procedimientos vigentes nos permitiría ver cuanto de nuestro despliegue como actores y directores es un efecto del medio y cuanto un trazo propio.

Pero esto que nos preguntamos no parece ser algo en lo que abunde material para abordarlo.
Podemos notar que una de las características de nuestro medio teatral es que no emergen discursos sobre la práctica desde los artistas. Si el género discursivo del teatro moderno era el "manifiesto" el de nuestro teatro pareciera ser el “reportaje". En éste último, su función publicitaria impone condiciones de brevedad e impacto que limitan el despliegue propio de la reflexión práctica. Estas circunstancias hacen que los discursos que podemos tomar como herramientas de reflexión de nuestro ejercicio de la actuación y la dirección sean del mencionado teatro moderno (época en la que la práctica y la teorización eran consustanciales) o actuales pero colocados desde una posición externa a las problemáticas concretas que se presentan en la creación escénica (teoría teatral, crítica teatral, periodismo). En estas alternativas quedan sin abordaje la mayoría de las cuestiones que aparecen en nuestros ensayos.

¿Es posible actualmente pensar la práctica escénica contemporánea desde la práctica misma?

Quizás lo sea en la medida que las problemáticas de ensayo adquieran un estatuto artístico y se las estime como cuestiones en las que se juega y revela algo de la práctica escénica contemporánea.

¿Por donde empezamos?

Empecemos abordando las problemáticas prácticas del cuerpo de los actores. Dejemos que ellos vayan segregando y configurando la dinámica del medio en el que se inscriben desde el funcionamiento que vemos que adquieren. Los cuerpos de los actores saben muchas cosas que la teoría teatral ni sospecha. Esto es así al punto que el cuerpo como consensuada condición esencial del fenómeno teatral está nula o escasamente pensado. Es sintomática la ausencia de una reflexión que componga al cuerpo dentro del medio escénico contemporáneo. Quizás, entonces, partiendo de los cuerpos, podamos percibir otras cosas o ciertas cosas de otra manera.
(Sigue en Parte 2)