21.4.14
Che, n° 3
Che, el
teatro podrá ser de muchas maneras, podrá ser incluso sin actores ni
cuerpos perceptibles. De lo que quizás no pueda prescindir, si quiere
afirmar la esencia de su especificidad y potencia, es que en ese lugar y
momento en el que la gente está reunida, haya otro ser humano ahí
presente, que con cada uno de sus actos, esté decidiendo cabalmente el
proceso de la experiencia que conduce y comparte.
Prescindiendo de esto, el teatro podrá ser de muchas maneras pero en
todas se reducirá a una mera escenificación de la decisiones que donan u
ordenan los actos de una potencia trascendente. La esencia del teatro
sería entonces algo anterior a la discusión sobre la necesaria o
prescindible tarea de un actor, la suficiente presencia de un cuerpo
visible o ejecutor, o el estatuto de la palabra. La materialidad con la
que interviene allí el gesto humano, del que procede la experiencia que
se nos propone, puede ser la que sea; pero la potencia de su
acontecimiento fundamental se juega y manifiesta en el carácter decisivo
del acto de quien habita lo escénico. Así entendido, el teatro puede
tener un parentesco más directo y profundo con un dijey o un surfista,
que con lo que más comúnmente se llama teatro.
24.3.14
Che, n° 2
Che,
en general el teatro se hace el canchero. Por inseguro; por
desencontrado. El canchero intelectual, el canchero literario,
transgresor, político, experimental, culto, artístico, loco, cool,
independiente, multidisciplinario, multimedia, real, alternativo,
inteligente, polémico, actual, artesanal, argentino, joven y cualquier
otro argumento del que pueda agarrarse. Y le va bien, consigue adeptos,
detractores y minas. Entonces el teatro cree que puede ser eso; y así
es capaz de vivir por muchos años, fundamentalmente solo, y crispando
sus recursos en un campeonato inconfesable.
Pero muy, muy, ocasionalmente, cuando el teatro no tiene que ganar ni perder , cuando sus ensayos son reuniones, cuando no tiene apuro, cuando no se debe a nada, cuando se anima a llamar con su cuerpo, a ofrecer allí sus velados encantos: el canchero abandona la publicidad, saca sus ideas de adelante, pone los actores al frente, se entrega y nos posee.
¡Viva el trágicamente escaso, esporádico, milagroso y verdadero teatro de los actores!
¡Gloria al cuerpo de Urdapilleta, el cuerpo de la fiesta de actuar, de la explicitación del deseo, y del sentido pleno de estar allí en cualquiera de los dos lados!
Pero muy, muy, ocasionalmente, cuando el teatro no tiene que ganar ni perder , cuando sus ensayos son reuniones, cuando no tiene apuro, cuando no se debe a nada, cuando se anima a llamar con su cuerpo, a ofrecer allí sus velados encantos: el canchero abandona la publicidad, saca sus ideas de adelante, pone los actores al frente, se entrega y nos posee.
¡Viva el trágicamente escaso, esporádico, milagroso y verdadero teatro de los actores!
¡Gloria al cuerpo de Urdapilleta, el cuerpo de la fiesta de actuar, de la explicitación del deseo, y del sentido pleno de estar allí en cualquiera de los dos lados!
10.1.14
James Gandolfini es Tony Soprano
Ensayo sobre la configuración del cuerpo como imagen.
Nueva entrega.
El
“Tony” de Gandolfini me hace pensar en la “entrega”. Es esta palabra la que me
convoca la experiencia de verlo. Solemos hablar de la “entrega” como rasgo
destacable del trabajo de un actor. Con ella distinguimos su actuación por
haber ofrecido acontecimientos que parecen haber ido más allá de lo que se
reconoce socialmente mostrable, psíquicamente soportable, físicamente
resistible, o económicamente pagable. Pero no es esto lo que intento nombrar
respecto de él. Me parece que hay una “entrega” más discreta y no menos
conmocionante: es una especie de disfraz mágico tras el que el actor desaparece
en la afirmación inequívoca de la
alteridad que crea con su propia imagen. En esta “entrega” el actor acepta y privilegia radicalmente todo lo que
percibe mejor para la mayor dimensión del existir del ser que ficcionaliza. En
esta definición parece haber más justicia: tenemos un cuerpo jugado a lo que
necesita “el otro” generado por su imagen. Pero esto implica que hay algo más;
porque ese nivel de entrega es hoy, es en la aspereza de este mundo, entonces
tenemos una actuación que evita y evidencia los obstáculos que actualmente
dificultan la “entrega”, presentando una manera de mostrarse que estaría habitualmente vedada. Y esto quizás
sea lo que tan fuertemente llama a mi percepción, a la palabra “entrega”, y
motoriza esta búsqueda de una acepción que la dote de su significado más elevado.
Porque tengo la impresión que la suya es una actuación que “entrega” otra cosa,
que se despliega en una dinámica que no está afectada por los condicionamientos
que hoy preconfiguran a los cuerpos como imagen. Como si su actuación hubiera
ido más allá de lo actuable. Asumo a “Tony” como una especie de nueva y última
“entrega” de los fascículos de “La Historia del Cuerpo en la Actuación”.
Quizás Brando haya sido la anterior, el
último cuerpo universalmente reconocido con el poder de hacer “otra cosa”. Si Brando
fue una innovación fundamental respecto a lo que un hombre podía asumir del modo
de ofrecimiento de su cuerpo, Gandolfini puede ser asumido como la
actualización de esta apertura. Volvió ese peso, esa habilidad y
sutileza gestual, esa lentificación, esa integración del decir y el hacer a una
naturaleza expresiva propia, esa preeminencia de la propia visualidad como
condición del acontecer de todo. Pero vuelve de otra manera. La relación
actor-espectador recupera una adherencia excepcional pero es otra cosa la que
se “entrega” y la que se recibe. Es llamativo que la serie misma los
confrontaba: Tony mira a Don Corleone y
Gandolfini a Brando. Dos épocas del mundo y de la actuación.
Erotización
Brando
es el primer hombre mujer. Es el hombre voluptuoso. El hombre de la boca, del
torso, del sudor, de la pelvis. La imagen de Brando le da a su época la
verosimilitud que requiere para mostrar la tentación y descarrilamiento sexual
de la moral burguesa. Su imagen porta una belleza e incandescencia que, más que
un personaje, es un permiso indiscreto para los ojos. Su actuación oculta una
danza del mostrarse y velarse. Esta cualidad de erotización en la relación con
el propio cuerpo despierta un nivel de
contacto con el público tan adherente, que le permite achicar el tamaño de los
acontecimientos gestuales y sonoros llevándolos al punto en el que parecen no surgir
de una “actuación”. Él sabe que su cuerpo es tentador, pero en lugar de
resignarse a hacer de su actuación la publicidad de ello, como habitualmente
hacen los galanes, lo convierte en la condición que enciende un contacto que le
habilita una operatoria absolutamente sutil: tratar a los ojos y oídos del
público con la misma sensibilidad que
puede alcanzar el contacto sexual. Esta es la “entrega brandeana”: el
nacimiento de un voltaje erótico que acrecienta el contacto y, por ende, la
percepción de los acontecimientos subjetivos más ínfimos. Así logra que antes
que el personaje, el texto, la situación, la cámara, la puesta, la obra o la película
misma, esté su capacidad de contacto con nuestros sentidos. Brando hace de la
asunción de sus innovadores, eróticos y
transgresores valores positivos de belleza la condición de su potencia de
adherencia y operatoria ficcional.
El
cuerpo del arte
El
fenómeno de ser mirado, es una situación muy compleja cuyas eficacias pasan por
ofrecimientos y beneficios que no en todos los casos pone en juego un
intercambio que habilite singularidad. La industria del entretenimiento tiene
estereotipos variados y sutiles respecto de los que cada actor se ofrece en el
mercado de trabajo aproximando su imagen lo más que puede hacia alguno de ellos.
Hay incluso, en el entretenimiento, una condición anterior y general que
funciona como primera organización del sentido de exposición de los cuerpos: su
mayor o menor aproximación a los ideales
mediáticos de belleza. Este “casting” personal que nos hacemos a nosotros
mismos para encarar el mercado laboral, forja a nuestro cuerpo en una dinámica
de imagen que es, justamente la del “entretenimiento”. En el “cuerpo del
entretenimiento” se hace presente aquello que la imagen de ese cuerpo vende
como sentido de su exposición. Está disociación de valores, atractivos,
defectos, rarezas, dotes, habilidades, celebridad, exigencias, etc, es de
manera más sutil o grosera, el impacto al que juega su eficacia mediática, y
suele ser, en lo más jugado de sus ejemplos, la “entrega” más habitual y vulgar.
La fuerza de esta dinámica de exposición, que hace, nada más ni nada menos,
a la existencia y supervivencia en el mercado de trabajo, mide su reino dese el “prime time” de la tele hasta la función
teatral de la sala más recóndita. La imagen de los cuerpos se constituye desde
el vamos, y quizás por siempre, bajo esta presión.
Está
dinámica es un obstáculo fuertísimo para que el cuerpo de un actor experimente,
bajo condiciones adecuadas y milagrosas, la posibilidad de apropiarse de la
puntualidad de la propia imagen y genere acontecimientos que nazcan de la
especificidad de su naturaleza expresiva. El “cuerpo del arte” sería entonces,
en este contexto, una excepción: es capaz de producir una consistencia singular en su imagen y despliegue evitando la
disociación de sus posibles impactos y valores mediáticos. El “cuerpo del arte”
es el que “simplemente” logra crear un “ser” partiendo de “estar” con lo que tiene y puede. La “entrega” en
términos artísticos sería hoy, antes que nada, la manifestación de un cuerpo en
su propia operación de configuración de imagen. Sería un cuerpo en la
“desnudez” de lo que logra ser por y para sí mismo. El “cuerpo del arte” prescinde
o desenmascara la presión mediática sobre los cuerpos, no como denuncia si no
como pura consecuencia de la contundencia ficcional que genera un cuerpo
sincero. Si sucede, es porque la afortunada y difícil posibilidad de “aceptarse” se constituye como
condición de una situación que, además de ser artística, se torna existencial.
A partir de allí el vínculo con la mirada es el de la invitación al proceso de
ese despliegue. Si sucede es en este mundo, en el contexto del mercado del
entretenimiento, pero no bajo sus leyes. Me decía un colega, algo que le
dijeron: ser en este mundo y no de este mundo. Y es en esta clave que quizás
haya que abordar a Tony.
Intimidad
En
una nota sobre el funeral del actor leemos:
“Chase recordó que Gandolfini una vez le dijo:
“"¿Sabes qué quiero ser? Un hombre. Eso es todo. Quiero ser un
hombre"”. Dijo que se maravilló al escucharlo, pues Gandolfini
representaba al hombre que tantos otros querían ser”.
Estos
dos reglones condensan algo fundamental. Gandolfini crea en Tony “un hombre”,
no “el hombre”. Y siendo solo “un hombre” genera una conmoción y un nivel de
identificación que lo convierte en una especie de rey de lo común entre los
comunes. Su imagen genera el verosímil actual del desquicio laboral y amoroso del
mundo burgués. Un cuerpo luchando entre sus propias disolvencias por la
eficacia de sus funciones primarias, como marido, padre y laburante, intentando
componer un universo de situaciones que ya no tienen los códigos ni los
mandatos anteriores. Es el cuerpo el del estrés, de los síntomas, de la
ansiedad, del sobrepeso. Un desastre, pero así y todo, nuestro “héroe”. Gandolfini
produce un protagonista diferente, casi contradictorio respecto del lugar que
su imagen asume. Lo que Gandolfini “muestra” y se hace suceder genera una
verosimilitud impensada para el acontecer que “Tony” narra. De hecho tenemos
una imagen con valores negativos que logra tener todo lo que un cuerpo desea,
incluso ser deseable. Su sensualidad deviene radicalmente de su subjetividad:
la capacidad de afirmar corporalmente el deseo de gobernar, coger, comer, amar,
y, en síntesis, disfrutar. Gandolfini, es un cuerpo que interviene en las
brutales exigencias y prerrequisitos mediáticos de la imagen, desde el
desentendimiento, desde la afirmación de lo que un cuerpo compone como
subjetividad excediendo a lo que sería posible ser respecto de las condiciones
reinantes. Los valores que suelen presionar a los cuerpos cuando se muestran no
parecen influenciarlo demasiado. Ni al personaje, ni al actor. Tony le saca a
nuestros ojos la posibilidad de adherir por indiscreción, morbosidad, erotización,
cholulismo, etc, etc. Verlo parece descansarnos de esa presión a la que parecen
responder todos los cuerpos que deben publicitar su eficacia y los espectadores que los consumen . La gran
revolución Gandolfiana es que, en un
contexto tan desesperado por impactar en la exposición, él ofrece intimidad.
Esta “intimidad”, que genera un impase en la presión mediática, que inscribe su
imagen como dos paréntesis enormes de desaceleración y crudeza , funciona, al
igual que lo hizo la erotización “brandeana”, potenciando el nivel de
adherencia, sutileza, y actualidad pero de manera aún más desformalizada, menos
“bella”, sin pizca de transgresión, ¡comun! Así, sin nada que pueda señalar a priori que
ese pueda ser ese. Ganándose la existencia a pura creación de vida, a puro Tony.
16.11.13
Che,
Che, la actuación puede mucho más que para lo que hoy está
siendo generalmente utilizada y ejercida. Ok: de algo hay que vivir, está
buena, está bueno que me hayan llamado, es una buena experiencia, es una buena
oportunidad, me permite mostrarme, pruebo algo distinto, el tipo es
interesante, ella es una genia, la pasamos bien, es muy divertido hacerla, me
conviene, aprendo, etc. Perfecto. Indiscutible. Realmente. De verdad. Solo les
pido a los que saben que esto es así, que no lo nieguen, porque eso los hace
aptos para desear y configurarse encuentros de implicación artística de un
beneficio actoral y vital incotizable, tan fuerte y motivador como lo es la
guita y el escalafón mediático. Quizás incluso con efectos en el mercado tan
estimables como los que logra, nunca garantizadamente, aquello cuya razón de
ser es fundamentalmente pegar ahí. En esta ciudad pasaron cosas con la
actuación que no pasaron en ningún otro lugar del mundo. Sucedió que crear una
obra de teatro pudo ser simple y contundentemente juntarse para inventar
actuación. Actuación en su propia, poderosa y contingente ley. Eso es lo que
acá trastocó todo y nos hizo famosos como producto de esta ciudad. Incluso con
las obras en las que esa potencia fue utilizada para la renovación y sostenimiento
de procedimientos antiguos, reducidores y trascendentes. La
actuación es tan poderosa que puede servir para el lucimientos de cosas
que no la favorecen. Y no quiero que los que vivimos ese poder nos privemos de
ello. No quiero que este poder que fugazmente suele aparecer en diferentes
tiempos y lugares del mundo, y nosotros tuvimos la felicidad de experimentar,
desaparezca. Pilas muchachos. Llegando a cierta cantidad de años entendés,
medio haciéndote el que está lejos de los primeros de la fila, que te vas a
morir. Acá todavía están los cuerpos y hay miradas que saben ver. No
enloquezcamos con los viajes, la guita y el cartel. Una cosa no quita la otra,
una cosa no quita la otra. A gozarla, a cagarse a gritos, a festejar, a
perderse, a sentirse Gardel, a llorar en el ensayo, a no poder cortar, a sentir
que nos fuimos a la mierda, a no tener ninguna obligación de hacerla o
terminarla si no nos convence, a robarle tiempo y energía a todo lo otro si
creemos que tiene que existir, a hacerla como solo los que estamos ahí podemos
hacerla. Y todo, todo, todo que se vaya a cagar. Viva el teatro de los actores,
el único que necesita y puede que nada ni nadie le dé su sentido, el único en
el que se junta el sentido de vivir y de actuar . Una abrazo a mis viejos y
queridos amigos, y vamo los pibes.
8.11.13
Diario de actor 4
Me queda muy claro que cuando llego al ensayo no sirvo para actuar lo que estamos intentando. Tampoco voy a servir en un tiempo para hacer una buena función. El que llega es un ansioso, un efecto de sus resistencias, un temor, un desesperado por gustar. El que llega es el que puede, potencialmente, actuar lo que estamos inventando, pero también es concreta y lamentablemente, el mayor de los obstáculos. A fuerza de ensayo y, básicamente, error, los enfrentamientos frecuentes con procedimientos actorales sintomáticos que atentan contra mi posibilidad de “estar ahí”, son ahora una guerra declarada que no tiene victoria final pero si la convicción de que hay que asumirlo como parte de la cosa. En este proceso de aceptación de la ineptitud subjetiva con la que llego de la calle pretendiendo actuar, la tan mentada “entrada en calor” me fue ganando un espacio y un sentido cuya dimensión, que yo ya creía saber importante, se me amplió hasta ser el fenómeno que, ahora creo, anfitriona todo lo demás. Porque además de todo lo que técnica y expresivamente allí se acomoda, ese lapso comenzó a ser el impase ineludible para que el actor presionado por la dinámica de su mundo, se convierta en otro más apto para propiciar la vida escénica y el encuentro. En ese momento, nada simple de procurar, me tengo que poder dar dos cosas fundamentales como condición de lo que pretendo después: el lujo de la tranquilidad y la explicitación del desafío que me implica actuar lo que tengo que actuar. Ambas cosas son condición del disfrute y la creatividad de mi juego.
Si no me tranquilizo, si no le puedo dar tranquilidad a mi actuación, me pasa, como con cualquier actividad, que me simplifico y mis acontecimientos son groseros y generales. El apuro me impide la percepción y expresión de la exuberancia sutil, hormigueante, permanente, contradictoria, fluida y verdadera de acontecimientos que generan una actuación no menos viva que la gente viva. La gente puede tener una vida apurada, pero si soy un actor apurado, hago seres menos vivos que la gente. En un ensayo que planteábamos la paradoja del hecho de que un actor es alguien vivo que cuando actúa suele perder vida, que estamos muy acostumbrados a que la actuación este menos viva y verdadera que la gente, concluimos que la vida real es alguien poseído por afectaciones mutantes que se revelan sin pausa en todo lo que hace y le hacen, y que la vida escénica sería lo mismo pero al revés: en todo lo que hago y me hacen debo generar las afectaciones que me poseen y mutan. La vida escénica dependería entonces de una estimación radical de todo lo que el actor tenga para percibirse y percibir, ya que allí están las cosas que nos permiten percibirlo vivo; que no hay cosas más y menos importantes, porque si todo hace al fenómeno de estar vivo, no debemos sobreactuar de la misma manera que no debemos sub actuar. El derrotero subjetivo de un ser se juega en todo lo que se le ve hacer. Las cosas supuestamente más nimias y contingentes son las que estimadas como gestos de alguien al que se le está jugando algo, son reveladoras en el mismo rango que aquellas que también explicitan su significación. Pero para estimarlo todo permanentemente y en su justa medida como material de actualización del juego fundamental de la actuación que es hacer alguien vivo: debemos estar tranquilos.
Es claro que semejante
frenazo a la subjetividad mercantil con su ritmo, procederes, estrategias,
eficacias y sentidos de producción implica un tiempo y un trabajo que no se
reduce solo al calentamiento. Pero sí es distinguible que en ese momento, que
estoy solo, tengo que hacer algo cuya dimensión y concreción debe
ajustarse al grado de habilitamiento actoral de la práctica escénica
que me espera. La dirección me dijo varias veces
que la manera en que estaba entrando en calor no me ayudaba, no me estaba
ingresando, ni dejando a las puertas, ni acercando a lo que mi cuerpo debía
lograr actuar. Mi entrada en calor debía dejar de ser tímida y general respecto
de las condiciones dinámicas que me hacen posible desalojar las resistencias
que identificamos como obstáculos y debía estar a la altura del desafío que estaba siendo para
mi actuar lo que tengo que actuar. Punto. La entrada en calor es el momento en el que los actores nos mostramos a
nosotros mismos el nivel de implicación que admite y demanda la actuación de la
obra que ensayamos o exponemos. Mi
entrada en calor debía distinguir explícitamente a una práctica escénica en la
que la posibilidad actoral de generar vida se me ofrece posible y deseable.
Porque no todas las practicas escénicas lo hacen posible. En algunas lo que hay
que actuar es el obstáculo mismo para estar vivo. Otras están incluso generadas
directamente desde la dinámica a la que empuja el mundo y el ensayo es la
puesta en funcionamiento de resoluciones y eficacias. En muchas situaciones,
entrar en calor es una actuación casi más notable que la que luego tengo que
hacer. Son poquísimas las situaciones en la que es posible y necesario exceder
el mínimo calentamiento muscular, sonoro y memorístico. Solo el encuentro con una mirada que me estima y me ve más que yo, y
la aceptación del desafío actoral como sentido del hacer que eso inicia, puede bajarme del
tren con el que llego, y animarme a asumir el calentamiento como un lapso
fundamental de preparación y apropiación de un juego al que me tengo que jugar.
Cada vez que entro en calor parto de contactar con el miedo de no tener en mi lo que necesito. Luego, paulatinamente, voy logrando tranquilidad al percibir que me lo voy procurando a la vez que surgen las ganas de compartirlo como única manera de terminar de dármelo. Y quizás ese sea el único sentido fuerte que tenemos, muy ocasionalmente, para desalojar la desesperadamente necesaria venta profesional de nuestra eficacia, y propiciar y reafirmar el tan mentado, teorizado, banalizado, idealizado y querido “encuentro”: invitar al público a participar de un proceso de automodificación y descubrimiento; preparar ciertas condiciones de ficcionalidad actoral con las que avanzar más en la posibilidad de estar, franca y decididamente, allí, con ellos.
Cada vez que entro en calor parto de contactar con el miedo de no tener en mi lo que necesito. Luego, paulatinamente, voy logrando tranquilidad al percibir que me lo voy procurando a la vez que surgen las ganas de compartirlo como única manera de terminar de dármelo. Y quizás ese sea el único sentido fuerte que tenemos, muy ocasionalmente, para desalojar la desesperadamente necesaria venta profesional de nuestra eficacia, y propiciar y reafirmar el tan mentado, teorizado, banalizado, idealizado y querido “encuentro”: invitar al público a participar de un proceso de automodificación y descubrimiento; preparar ciertas condiciones de ficcionalidad actoral con las que avanzar más en la posibilidad de estar, franca y decididamente, allí, con ellos.
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