27.8.15

San Gines de Roma

Dios,
sé que no intervienes en nuestro mágico retablo.
Sé que es allí,
donde un actor se encuentra por sí mismo con lo que es capaz de poner de pie.
Sé también que, allí,
el juego está a la altura de tu ausencia,
si los seres que actuamos logran que el público crea verte donde sabe que no estás.

¡Pero qué fuerte que hay que ser, Dios mío!
¡Qué osado puede ser este juego!
¡Qué convencido, paciente, honesto y alegre debe ser el amor a ese intento!
Como hacer, si no, para que el miedo
que nos surge ante este poderoso e incierto permiso
no nos debilite, no nos quite humildad, no nos engañe con falsos logros y fracasos.
Como hacer, si no, para que el miedo
que nos cela el cuerpo,
se aleje rechazado por nuestra propia carne seducida
con la sutil danza del alma de otro ser.
De dónde, si no del miedo, surgen
esos pensamientos que cierran mis sentidos,
esa timidez que no me deja ser mío,
esa inseguridad que me impone su personaje,
ese apuro de palabras y movimientos con el que escapo,
esa ingenuidad con la que aligero cosas que sé son más graves,
esa incomodidad en el lugar que tengo cita con la plenitud.

¿Qué espero para escapar de este cobarde actor de la actuación?
Si Tú disfrutas en los ojos de tus fieles el juego de tu ausencia:
¿por qué yo no logro irme de mí?
¿Cuál es el beneficio de seguir amarrado a esta orilla espinosa de mi alma?
No hay respuestas verdaderas,
sólo las que intenta mi acorralada cobardía disfrazada
de trascendencia o renunciamiento.


¡Dios, las obscuras bambalinas se ensanchan alejándome de la vida y de la escena!
¡Ayúdame!
¡Dame la tormenta que rompa mis amarras!
¡Quiero zarpar y ser lo que pueda hacer ese que no seré yo!
¡Quiero que mi actuación sea mi aventura!
¡Mi revelación!
¡Mi fe!
¡El festejo de mi vida!


San Ginés de Roma - Actor mártir - s.III

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