4.8.13

Futuros Creadores



Discurso de Theodor Solovióv (1881 – 1941) en la Conferencia de Directores de Teatro de la URSS un año antes de ser asesinado por el régimen Stalinista



Camaradas:
                   Los últimos brotes de autonomía escénica crecen ya sin fuerza. Podemos aceptarlo sin dramatismo    ante la evidencia de una cosecha cuyos frutos sólo nos logran evocar aquel  sabor nuevo y sorprendente que hace ya al menos diez años supimos disfrutar.

Hemos sido afortunados. Si quisiéramos encontrar otro momento en la historia del arte teatral en el que esta, ojalá, cíclica planta haya brotado, deberemos remontarnos sin exageraciones hasta el Renacimiento. De él nos ha quedado un compendio maravilloso de técnicas actorales que se llamaría luego “Comedia del Arte”, y algunos fragmentos en dibujos y anotaciones que pueden  darnos una visión muy hipotética de lo que puede haber sido la anterior aparición  de este extraordinario y fugaz ejemplar en la cultura occidental. Porque la  naturaleza misma de los momentos  autónomamente teatrales deja rastros escritos escasos y muy ajustados al pie de la necesidad de los que lo están realizando. Pero me entusiasma saber que, en este sentido, los futuros creadores tendrán otra suerte: esta vez, la autonomía nos exigió a los Directores  y a la vanguardia en general, tanto como el mismo Lenin se exigió a si mismo, y escribir fue ineludible para los que quisiéramos pensar y comprometernos en la profundización de nuestra práctica. Esto nos hizo ser los más feroces y exigentes críticos de nosotros mismos, y, sin proponérnoslo, aunque mi aporte en particular no es estimable, hemos legado al próximo e incierto momento de creación autónoma, el más profundo dialogo con el hacer teatral de nuestro tiempo y de la Historia.

Esos futuros creadores lo leerán con la severidad que se merece, sancionarán lo agotado, y afirmaran lo  aun activo para apuntalar la, para nosotros,  desconocida fuerza del brote venidero. Seguramente, como lo profetiza nuestro camarada Meyerhold, esos “futuros creadores” serán actores. Este vaticinio, si bien es desacreditado por los antiguos parásitos de la letra y el misticismo, es  lógico y hermoso. Solo los actores, empuñando sus cuerpos por sí mismos, podrán llegar más allá de la lógica que, en pos de la autonomía de la creación escénica, los directores hemos forjado con la exterioridad de nuestras mentes. Si en nuestro teatro el cuerpo ha sido todo lo libre que nuestra razón le ha hecho posible, serán los cuerpos de los actores los que inventarán el sentido de sus actos en el revolucionario momento mismo de hacerlos. Nuestros grandes y amados cómicos son, quizás, una anticipación meteórica de este universo que  quizás alguna vez pueda emerger  en vaya a saber qué año y latitud. Lo que si sabemos y humildemente advertimos, porque lo estamos comenzado a presenciar, es que ese potencial reverdecer de la autonomía escénica, deberá reconocerse y crecer entre la mata más tupida, agreste y resistente de literaturas dramáticas, negocios, y críticas sin anclaje practico, que habrán crecido en vicio y ahogado el territorio teatral de aquel incierto pero anhelable y precario momento.
Quizás a esos actores y a sus directores, como en un mensaje para los protagonistas de ese difícil y victorioso futuro, les esté dirigiendo este discurso. Quisiera transmitir a ellos el  enorme honor y suerte que conlleva el ser tomado por otro momento en el que la invernante  historia del teatro vuelve nuevamente a moverse. Ellos tendrán que ver en el goce de su poder, la fuerza para, como nosotros, evitar la  literatura, los ardides del negocio, el eclecticismo, e incluso nuestro gran invento y límite: la Forma.  Deberán sostener con valentía la convicción de que la literatura y las ideas aparecen allí donde los cuerpos necesitan justificar la reunión que no logran  generar por ellos mismos. Deberán animarse a encontrar allí, en la escena, en un nivel de autonomía hoy desconocida, la lógica especifica que invente, reúna  y potencie la particularidad de sus cuerpos. Deberán asumir que allí, en sus precarios y poderosos cuerpos, está todo lo que necesita el teatro.

¡Brindo en este otoño glorioso por ustedes: los futuros actores y directores de lo que será la primavera de un teatro aún más escénico y libre!

¡Brindo por nosotros, camaradas, que ya sintiendo la proximidad de la helada, preferimos aceptar la hibernación al engaño, disponiéndonos a esperar, en más tiempo que el de nuestras propias vidas, el retorno de la autonomía!

¡Salud!
                                                                                                                                                                                                                          Moscú, junio de 1940

1 comentario:

Juan Baio dijo...

guau, qué pedazo de documento rescataste de los escombros ... ¡gracias por compartir!